No podía empezar mejor la aventura en el largo del hasta ahora cortometrajista Claude Barras, suizo especializado en animación que no sólo ha facturado un debut impresionante sino con él una de las mejores películas animadas del año. La vida de Calabacín es una película excepcional por varios motivos. El obvio, por su enorme sensibilidad plástica para una propuesta aparentemente pequeña en lo técnico pero de gran resonancia visual: con un precioso stop-motion Barras da vida a un mundo en miniatura de aire despreocupadamente juguetero. Y aunque la animación es muy sofisticada, los diseños buscan la inocencia de lo infantil, con decorados que no pretenden trascender su condición de maquetas (y aun así, resultan preciosos) y texturas que rehuyen del realismo. Una auténtica cucada que, sin embargo, es sólo el envoltorio de algo poderoso y de verdad trascendente. A partir de una novela de Gilles Paris, Céline Sciamma -lúcida radiógrafa de los comportamientos infantiles y juveniles: son suyas Tomboy o Girlhood– cuenta la historia de un niño a quien le gusta responder al nombre de Calabacín que pierde a su madre y, a falta de su padre es internado en un orfanato. Ahí tendrá que buscar un nuevo lugar, pero terminará encontrando una nueva familia, rodeado de un puñado de niños y niñas en situaciones tan problemáticas como él. Lo realmente asombroso de todo esto, cómo Sciamma y Barras tratan una serie de temas de tremenda espesura moral y emocional desde un punto de vista riguroso, serio, pero al mismo tiempo inocente e infantil. Su aproximación a temas como la orfandad, la muerte, el suicidio y el maltrato está hecha desde una exquisita elegancia, con una increíble naturalidad, suavidad y comprensión, sin edulcorarlos pero sin convertirlos en un gran melodrama. Al final, y pese a un arranque sombrío y un par de giros de guión que podrían resultar de enorme gravedad, se impone en La vida de Calabacín la inocencia, la alegría de vivir, la solidaridad y, especialmente, la amistad. Y es que esto es lo que es esta extraordinaria miniatura animada, una agridulce, melancólica y delicada historia sobre lo que significa encontrar, en los lugares más insospechados, a una familia. No necesariamente a una biológica, pero sí a una de verdad.