Admito desconocer el mercado interno cinematográfico portugués, su cine mainstream, sus corrientes más populares y su star system, si es que lo tiene. Pero si tengo que guiarme por los contados autores que logran girar por festivales y el aún más reducido grupo que llega a salas comerciales españolas, debo reconocer que el país vecino ha aportado en los últimos años una filmografía interesantísima. Los Manoel de Oliveira, los Paulo Rocha, los João César Monteiro que nos llegaron dejaron un interesantísimo legado, mientras que los Joaquim Pinto, los Miguel Gomes, los João Nicolau trazan un presente y un futuro muy estimulantes. Rita Azevedo Gomes (como João Canijo o Pedro Costa) se sitúa a caballo de todos ellos y comparte algunas señas de identidad, especialmente con De Oliveira. Y esta su última película parece la provisional cumbre de un discurso propio tan intelectualizado como apasionado, y tan teórico como visceral. La venganza de una mujer es una de esas películas que podríamos calificar de rabiosamente “libres”, a pesar de partir de un texto que Barbey d’Aureville publicaba dentro de Les Diaboliques y al que la directora, aparentemente, adapta. Pero las ataduras son muy relativas, por lo menos con las convenciones más genéricas. A partir de una visión casi decimonónica de la representación del melodrama, Azevedo nos plantea la historia de un tipo un tanto pendenciero que -en algún momento del siglo XIX- regresa tras un viaje en busca de un descanso y se topa con una mujer enigmática y volcánica (tanto como la interpretación de Rita Durão) que pondrá del revés sus existencias. La película se despliega a partir de esta premisa en un ejercicio dialéctico desafiante, que oscila entre lo hermético y lo directo. Y en un juego escénico muy particular donde luces y sombras expresivas, colores cálidos marcados por la intensidad de un rojo sangre y encuadres que remiten a composiciones muy clásicas -para, de pronto, quebrarlas- construyen un campo de batalla teatralizado y visualmente muy ligado a la pintura. La de La venganza de una mujer es una puesta en escena buscadamente artificial, pero de un perfeccionismo, una precisión y un virtuosismo impresionantes. Y eso es lo que dispara el interés de una propuesta ya de por si estimulante: la osadía con la que Azevedo combina tonos, texturas narrativas y sensaciones y con la que, en definitiva, alza su voz autoral para -a pesar de que la película data de 2012- reclamar un lugar entre lo más destacado del año.