Sin mediar palabra pero haciendo uso de toneladas de sensibilidad se llevaba al bolsillo a la crítica del último Cannes el animador Michael Dudok de Wit, autor pequeños nuevos clásicos animados como el oscarizado corto Father and Daughter o Le moine et le poisson. La suya es justo eso, una película sin diálogos, donde no se pronuncia una sola palabra… pero en la que la emoción guía la experiencia. La trama es muy simple, casi inexistente, sustentada en una premisa que es poco más que un lugar común: un náufrago queda varado en una isla desierta. Debe luchar por su supervivencia y contra la soledad mientras trata de volver a la civilización, hasta que un día se encuentra con una enorme tortuga roja que le impide abandonar la isla. Una tortuga imbuida de un curioso hechizo. Poco más. Pero es que no es eso lo realmente importante de una historia que tiene casi más de fábula que de aventura convencional. Es más bien una sencilla, cristalina alegoría sobre el proceso vital y todas sus etapas clave: el nacimiento, la maduración, el encuentro del amor, la procreación… La tortuga roja es una manera simple de contar cosas muy complejas y recurre a la emoción para transmitir sensaciones más que tesis. No en vano, es esta una película apadrinada por la mismísima Studio Ghibli. Una coproducción que, obviamente, contiene los niveles de sutileza, elegancia y verdad que caracterizaban los mejores títulos de la productora nipona, hoy en barbecho. También su impecable apartado formal, visual (con un estilo diáfano, detallista y precioso en la representación de la naturaleza, la humanidad y lo onírico) y auditivo (maravillosa banda sonora). La tortuga roja es un pequeño prodigio marcado por una belleza elegante, sencilla pero desbordante. Lienzo perfecto para su amalgama fluida y orgánica de emociones puras con la esperanza, la soledad, la melancolía y el amor como principales motores sentimentales. Junto con Kubo y las dos cuerdas mágicas, la joya animada del año.