Potencial nuevo nombre interesante en el panorama cinematográfico colombiano, César Augusto Acevedo se deja ver por primera vez y se lleva a casa el beneplácito de medio Cannes. Eso es empezar a lo grande. Pero su película no merece menos, uno de esos casos en que uno tiene que repasar de nuevo la filmografía de su autor para cerciorarse de que no está ante un veterano. De frío, de hipercalculador, de conscientemente distante lo podrán tachar algunos. Yo prefiero ver en La tierra y la sombra un ejercicio de valentía autoral poderoso e impregnado de una rara seguridad. La de un tipo que parece tener muy claro cómo cuenta lo que quiere contar. En lugar de optar por un storytelling expansivo y apostar por un melodrama contundente el director prefiere mostrarse parco en palabras -más contemplación que lectura de cartilla- y dejar que sea el espectador quien atribuya la cantidad necesaria de emociones, que se encuadrarían siempre en una métrica de planos dilatados, composiciones estáticas y práctica ausencia de música. La película retrata la vida campestre de los cultivadores de caña del colombiano Valle del Cauca y más concretamente se centra en una familia de campesinos cuyo padre retorna tras una ausencia de casi dos décadas. La película es una mirada amarga a los puentes que siguen tendidos con el pasado, a la destrucción de un modo de vida tradicional, a los lazos familiares, a cómo se enfrenta esta gente a la soledad, a la enfermedad, a la muerte. Y si bien Acevedo se muestra discreto en lo verbal también confiere una cualidad tremendamente evocadora a sus imágenes. Gracias a la bella y plúmbea fotografía de Mateo Guzmán la película resulta visualmente poderosa y aun así austera, con una puesta en escena seca y precisa, casi se diría deudora de Tarkovsky en su esteticismo y su representación de la naturaleza como algo terrenal (frente a lo divino de Malick). Así, es esta una película muy ligada a la naturaleza y especialmente a la tierra. La tierra como metafórico útero y como literal sepulcro, como fuente de trabajo, como elemento de sanación. Una mirada telúrica entre lo mundano y lo cuasimágico para una película lánguida, una experiencia íntima de una tristeza creciente que va impregnando poco a poco los fotogramas y, a su vez, la médula del espectador más dispuesto.