[Durante 2019 estamos elaborando un hiper-ranking de lo mejor que nos ha dejado esta década en materia de cine, televisión, videojuegos, literatura, cómics y música. Una panorámica global que iremos construyendo a lo largo de doce meses de recapitulación. Esta es nuestra primera propuesta comiquera]

 

La ternura de las piedras no es, o podría no parecer, un cómic al uso. En lo formal la historia está contada de manera secuenciada, pero carece de bocadillos o incluso cuadros de pensamiento, y a menudo el texto acompaña dibujos a toda página, casi como en un libro ilustrado. En lo narrativo el argumento es mínimo, apenas hay una acción que vertebre la trama y, en el fondo, es más un acto terapéutico que una obra de ficción. El que articula una Marion Fayolle quien, dispuesta a documentar su relación con su padre marcada por una larga enfermedad, se encontró con que esa enfermedad entraba en fase terminal.

Por eso este es un libro que permite exorcizar para buscar la sanación emocional de los que rodearon al fallecido, pero también es un documento doloroso. Un relato autobiográfico entorno a la enfermedad del otro, un detallado proceso de descomposición, un diario de una enfermedad que nunca termina hasta que no llega su único final posible. Pero La ternura de las piedras no habla sólo de eso. La autora muestra también la figura paternal en una relación marcada por la incomunicación. Salen a flote los recuerdos de una vida en el momento en que se termina. Y que antes de hacerlo va mutando en otras cosas: enfermedad, dependencia, regresión a la infancia.

El padre de Fayolle pasa por esos estadios y pone en jaque a una familia abnegada, entregada al mantenimiento. A una esposa que se ve reducida a enfermera y a unos hijos que se ven obligados a estrechar todos los lazos que nunca estrecharon en los tiempos de salud. Eso pasa factura, claro, y la relación del enfermo con sus familiares se convierte en algo turbulento. Lleno de amor, pero también de incomprensión y reproche. De sacrificio y generosidad. De sorpresa y aburrimiento.

Todo esto podría llevarnos a pensar en un dramón lacrimógeno. Pero nada más alejado de la realidad. La autora en ningún momento explicita con exactitud lo que ocurrió en realidad sino que prefiere quedarse en un plano lírico, de sutileza. Y eso es lo que convierte este tebeo en la obra maestra de la narración sugerida que es. Fayolle usa impactantes recursos gráficos sin salirse nunca del intimismo. Recurre constantemente a la metáfora, al simbolismo tanto en el texto como en su representación visual. Con ello la autora nos propone un viaje más ideal que terrenal y logra conjugar un puñado de sensaciones y sentimientos que, de otro modo, podrían haber resultado burdos, contraproducentes e inefectivos.

Un tebeo duro pero de lectura amable, exquisito en sus formas y su narrativa, la confirmación de una maestra de lo simbólico, de una creadora esencial en la BD contemporánea.

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