A su venenosa manera David Fincher subvertió en La red social tantos códigos de la narrativa clásica de una manera tan sutil y aparentemente académica que a día de hoy aún sigue doliéndonos la transmutación del héroe tradicional del cine norteamericano en… bueno, “eso”. Además sentenció su estatus de cineasta esencial -sospecha que se había tornado en certeza con Zodiac y que más de una década después, con tanta carrera inapelable a sus espaldas ya parece perogrullada- y, más aún, se tornaba en lúcido radiógrafo de la actualidad. Ambas cosas van muy ligadas: el realizador y el guionista-estrella Aaron Sorkin dejaban patente que los protagonistas sin dobleces ya no tiene cabida en un mundo tan volátil como el actual, dominado por lo aparente, por la comunicación, contrastada o fake, por la democratización de los canales, por el triunfo de los self-made men y women. Resulta peligrosamente excitante adentrarse en las dicotomías que puede mostrar su retrato del creador de Facebook Mark Zuckerberg, pensar que habrá quien lo vea como un ídolo, un modelo a seguir, un titán de la globalización, mientras el resto nos quedamos con la parte más negra del sueño.

La red social se adaptaba como un rayo y con reflejos felinos a este nuevo modelo de empresario basado no en la construcción de grandes imperios mercantiles sino en la explotación de una idea brillante por concepto y por capacidad de engagement. El genio de las finanzas que resultaba ser un tipo surgido de las entrañas de Harvard y al que no se le pedía un mínimo de inteligencia emocional sino, simplemente, saber estar en el momento adecuado y en el lugar preciso para poner en funcionamiento todas sus capacidades intelectuales. Jesse Eisenberg construía al respecto un Zuckerberg a medio camino de lo pretencioso y lo ajeno, lo resabiado y lo incapaz de mantener una vida sentimental más o menos humana. Una construcción que, por cierto, se ha visto superada por la propia realidad con el paso de los años (Zuckerberg ha demostrado ser incluso más perturbador de lo que nos creíamos) pero que, fuera como fuese, en su momento funcionó como perfecto resumen del relevo generacional del cambio de milenio. Y pocas películas americanas han funcionado mejor que esta a ese respecto.

Pero es que además de todo el cargamento de trilita psico-social, la propuesta de Sorkin y Fincher atesoraba unas cualidades narrativas y formales que siguen sobresaliendo por encima de la enorme mayoría del cine de, digamos, autor mainstream norteamericano. Los diálogos metralleta a ratos incomprensibles y aun así capaces de transmitir hasta la última coma del discurso con inapelable eficacia estaban ahí. La puesta en escena neoclásica, rotunda y al mismo tiempo perturbadora también. Director y guionista sabían articular un slow-burner que derivaba en gran tragedia griega sin despeinarse y sin derramar sangre ni proferir gritos. Sólo apoyándose en la violencia del choque de egos, en la fricción de la esfera privada con la pública, en la ambición desmedida de un tipo que nunca nos quedó claro si no supo o es que no quiso gestionar su propia inhumanidad. En la certeza de que el mundo se va al carajo y que debemos adaptarnos a él si queremos que no nos pase por encima como un camión. Aun peor: en la duda de cuántos Mark Zuckerberg tienen que existir para que el mundo corporativo (el que ahora mismo está intentando comprar todas nuestras vidas) se mantenga en pie y cuál es el límite con el que se iría a hacer gárgaras.

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