Algún día la carrera de Albert Serra tocará techo. Pero ese techo estará a una altura inalcanzable para casi cualquiera. Probablemente esté incluso en una bóveda aparte, puede que hasta en otra provincia. Porque lo que ha hecho hasta ahora no es sólo de una calidad alucinante, sino también totalmente ajeno a lo que hacen todos los demás. Eso lo condena a un inevitable ostracismo comercial, pero es natural. Sus películas asumen riesgos y recogen laureles sólo en ámbitos especializados. Pero eso no quita de que poco a poco se haya ido convirtiendo en un director esencial para comprender la modernidad cinematográfica en Europa. Y La muerte de Luis XIV no hace sino cimentar su carrera. Rendido homenaje a Jean-Pierre Léaud, es esta una aproximación al personaje que funciona como ejercicio de deconstrucción del ideal que podría representar el monarca. Una visión íntima, silenciosa y también basada en ideales, si bien unos totalmente distintos: la asombrosa puesta en escena tiene una brutal cualidad pictórica, y plantea composiciones, juegos de luz y sombras y un tratamiento del color que en todo momento evoca la pintura barroca en un estimulante juego de conexiones entre dos disciplinas artísticas. Todo es impostado, pero todo parece absolutamente creíble.

El ritmo es pausado, casi mortecino, en estrecha relación con la lenta agonía de su protagonista, al que me remito de nuevo: Léaud construye un personaje decadente al que dota de esa suerte de dignidad moribunda, pero a quien sume en un estado de semiletargo que en ocasiones lo lleva a farfullar entre susurros cuasiincomprensibles. Un trabajo superlativo a casi todos los niveles que capitaliza esta película no menos fascinante, muy propia de su director, pero que al mismo tiempo marca una nueva evolución en su carrera. En un discurso probablemente hermético para casi todo el mundo, pero absolutamente hechizante para quien esté dispuesto a, una vez más, dejarse llevar por él. De verdad impresionante.