Llevaba unos años cotizando al alza el artista Tommi Parrish, dejando muestras de su saber hacer tebeístico con la colección de relatos Perfect Hair, pero no ha sido hasta La mentira y cómo la contamos que se ha lanzado a por el debut largo. Y menuda diana. Aquí hay personalidad, seguridad narrativa y un considerable arrojo formal. Se ha atrevido con una historia minimal que sin embargo se extiende como la jalea, con un retrato pequeño de dos seres que en el fondo encierra muchísima intrahistoria apenas explicitada.

Ese es el cimiento humanista de este breve encuentro. El rato que intercambian dos antiguos amigos, Cleary y Tim, que se reencuentran por casualidad tras varios años de separación. Salen a comerse una hamburguesa, a tomar unas copas y ahí renacen los sentimientos, lo que se dejó atrás, lo que podría haber ocurrido entre ellos y sin embargo quedó inconcluso. El libro contiene otro libro en su interior -uno que va leyendo Cleary-, reflejo de la línea narrativa principal y suerte de juego de espejos que se retroalimentan. Pero realmente es la trama principal la que contiene la auténtica chicha. Transcurre a lomos de un largo diálogo en el que salen a flote todos los sentimientos, pero también en el que las palabras conviven con silencios. Y es en esos silencios, en las cosas que se callan y las mentiras que se dicen para tapar los silencios donde todo salta por los aires. Donde observamos cómo las vidas de estos dos protagonistas no son lo que hubieran querido… y ni siquiera en lo que hoy creen. Especialmente Tim, que representa en sí mismo la falsedad de la mentira última. La que se construye sobre la propia identidad. La que nos permite vivir una vida que no es la nuestra sólo porque por algún motivo no nos atrevemos a vivir la real.

El estilo gráfico de Parrish es poco convencional. Por un lado está el blanco y negro austero y las viñetas a toda página de ese libro que está leyendo Cleary. Por otro, está la línea narrativa principal, adaptada en lo secuencial a un formato de cómic más clásico. En ella resulta impactante su combinación chillona de colores y su luz de tono mortecino. El trazo y el diseño general es más bien feísta, de personajes anatómicamente desproporcionados y de rostros en constante cambio, reflejo de sus propias inestabilidades y turbulencias internas. Es un ejercicio valiente a la hora de construir un discurso donde lo textual y lo visual se retroalimentan orgánicamente. Un posicionamiento gráfico, en fin, tan interesante como el resto de un cómic no menos estimulante.