A riesgo de sonar frívolo y grandilocuente, el 7 de enero de 2015 está marcado en la Historia de Francia, de Europa, y también en la del humor gráfico, como uno de los días más negros del siglo. Era el día en que un par de encapuchados se liaban a tiros en la sede parisina del satírico Charlie Hebdo y acababan con la vida de una docena de humoristas y trabajadores del semanario. Un mazazo para una Europa que se preguntaba, al poco de la noticia, ¿y ahora qué? ¿Hasta dónde se atreverían a llegar los límites del humor ahora que el terror se había impuesto por la fuerza? Una de las personas que se libraron de la tragedia fue la dibujante en plantilla Catherine Meurisse, que por cierta serendipia relacionada con su despertador y el servicio parisino de autobuses, ese día llegó tarde a la oficina y, por lo tanto, se quedó fuera cuando los radicales ya estaban imponiendo su ley. Ahora Meurisse ha plasmado todo aquello en La levedad, uno de esos álbumes de choque que, sin embargo, hace de su razón de ser última su primera bandera: Meurisse reivindica el humor y aunque tiñe de una tremenda amargura todas sus páginas también sabe cómo jugar a la liberación a través de la caricatura, de la sátira o, simplemente, del absurdo. Y es que esto es un ejercicio no tanto de reconstrucción de unos hechos como de introspección, donde se mezclan los momentos previos, la cotidianidad de la autora y el aftermath, los días posteriores al ataque y sus consecuencias: el estrés post-traumático, el miedo, la soledad, el “Je suis Charlie”, las escoltas… Con ello Meurisse se desnuda, busca lo bello donde aparentemente sólo podría crecer negrura, cultiva el humor cafre característico de la revista y al mismo tiempo deja que lo onírico y lo simbólico penetren en el relato, quizá evidenciando la naturaleza aparentemente surrealista del propio atentado (“atentado” no, corrige Meurisse, “matanza”). Todo como gran homenaje a los amigos. A todos: los humoristas que se quedaron, los humoristas que se fueron y los que se fueron a pesar de no ser humoristas.
Un libro necesario, un álbum en definitiva funesto, triste y terapéutico donde, sin embargo, entra la luz del optimismo, la esperanza, el arte y, sobre todo, la rebeldía de los que plantan cara con la única arma incontestablemente válida en cualquier lucha: la libertad de expresión.