Por sí misma La guerra de Alan, dividida a su vez en tres volúmenes publicados entre 2000 y 2008, ya era una obra magna. Un título esencial en la historia del tebeo europeo moderno que ensanchaba las posibilidades historiográficas del medio hasta terrenos de una emotividad y sensibilidad soprendentes. Pero Emmanuel Guibert, por méritos propios uno de los grandes de la BD durante los noventa y los dosmiles, decidió seguir relatando la vida de Alan Ingram Cope hasta elevarlo a la categoría de gran fresco, culminado por el momento con el hermosísimo Martha y Alan, publicado en España en 2018. La parte central, este La infancia de Alan, ejerció de punto clave en toda la historia.

El contexto es el siguiente: en los años 90 Guibert trazaría una sincera amistad con un turista estadounidense que le serviría de protagonista para la biográfica La guerra de Alan, donde el autor ofreció un relato de la Segunda Guerra Mundial vista a través de los ojos de un joven de apenas veinte años. Años después Guibert recuperaría la figura de su amigo para narrar sus primeros años de infancia en California durante los años 20 y 30 y, con ello, echar un ojo a la América de la Gran Depresión y su gradual recuperación. Para ello el autor se aleja totalmente del foco y cede la narración (en primera persona) a su protagonista. Y con ello logra transmitir toda la inocencia de la infancia, sus milagros y dramas, sus alegrías y descubrimientos.

Alejada de descripciones canónicas, de momentos grandilocuentes y de idealizaciones anodinas es esta una novela gráfica de inasible y mundana belleza cotidiana, que prefiere prestar atención a los detalles antes que levantar la voz para narrar grandes acontecimientos. Para Guibert, para Alan esos grandes acontecimientos son el conocimiento de la naturaleza, la convivencia familiar, los juegos callejeros con otros niños y el descubrimiento del arte. La relación decisiva con la madre y con los padres de esta y su traumático fallecimiento. Retazos de una infancia que se construye en viñetas mediante una narrativa sabia, sosegada y melancólica y un dibujo sencillo, de cualidad casi fotográfica, expresivo y emotivo.

La infancia de Alan es una novela humana y humanista, cimentada en un profundo estudio psicológico (de los personajes y de toda una comunidad) que deviene en delicado fresco social y retrato de infancia honesto y humilde, tan sincero como inconteniblemente emocionante.

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