Como un metrónomo implacable, insistente y perfectamente infalible, Ed Brubaker y Sean Phillips siguen marcando el tono, el ritmo y la métrica del neonoir secuencial con periodicidad asesina. Da igual el proyecto en el que se metan: como combo imbatible, aplastan. Ya sea desde Sleeper, desde Criminal, Incógnito, Fatale, The Fade Out o la en curso Killed or Be Killed. Todas ellas representan obras lúcidas, apasionantes, atractivas, de una intrínseca calidad literaria y formal. Reformulaciones del género negro al que le inyectan pequeños elementos subversivos en forma de ligeros apuntes superheroicos, lovecraftianos o, como en este caso, paranormales. Esta es la historia de un pobre diablo que fracasa en su propio suicidio. Una segunda oportunidad de vida que, sin embargo, no le saldrá gratis: el demonio que atajó su muerte ahora demanda sangre a cambio. Una vida por otras, las de la “gente mala” que corretea por el mundo. El chico se verá convertido en un vigilante encargado de decidir el destino de esos indeseables que corretean impunemente por el mundo. Es decir, una nueva vuelta de tuerca a las reflexiones sobre la moralidad de la justicia, la ineficacia del sistema y el derecho, o no, de impartir un orden social propio. De este modo sobre el oscuro argumento del relato siempre sobrevuela la duda: ¿la historia bordea los márgenes de la locura… o realmente tiene implicaciones satánicas? Una corrosiva dicotomía que por cierto también marca el éxito de otro de los tebeos mainstream de la temporada: la magnífica etapa que Jeff Lemire se está marcando al frente de Moon Knight.

En lo estilístico Bru y Phillips se mantienen fieles a las reglas de su estudiado post-pulp, heredero del hard-boiled más carrasposo: antihéroe con dudas morales y vocación autodestructiva, diálogo interno, entorno urbano algo decadente y una relación sentimental con tendencia a lo truculento. Mientras que en en lo visual, el trazo de Phillips y el color de Elizabeth Breitweiser son más claros y luminosos que nunca, más versátiles, menos aplastados por las durísimas sombras que suelen manchar rostros y escenarios. Quizá hay menos expresionismo, pero también más claridad expositiva. Mismo éxito indiscutible en los resultados creativos, por lo menos en lo que se ha podido leer hasta ahora. Tres números editados hasta la fecha, tres puñetazos certeros a la quijada. Y con ellos la promesa y la certeza de que el trono va a mantenerse pegado a los santos traseros de estos dos bárbaros durante bastante tiempo aún.