Las ficciones carcelarias siempre molan. Algo tendrán, pero de alguna manera las historias sobre el presidio acostumbran a guardar una carga extra de humanidad, de emotividad y de sensibilidad que lidian constantemente con el peligro, la violencia y la suciedad. Y las aproximaciones pueden ser muy diversas en sus enfoques narrativos, pero las grandes historias de cárceles suelen dejarle a uno muy tocado aunque, en el fondo, las narre Edward Bunker, Jacques Becker, Stephen King, Don Siegel o Thomas Gaddis, todas hablen un poco de los mismos temas. Hay poco nuevo en Kennel Block Blues, pero todo resulta estimulante y emocionante. Esto gira entorno a un grupo de seres, privados de libertad y al borde de la ruptura emocional y que si bien responden a los arquetipos de este tipo de ficciones, resultan tremendamente humanos. Lo cual no deja de ser paradójico: como en Maus, en Kennel Block Blues todos los personajes están representados por animales antropomórficos que, eso sí, parecen salidos más de una película de Martin Rosen que de una fantasía animada de la factoría Disney, y cuyas características físicas responden a su papel en la propia historia. Una panda de personajes marcados además por el trazo agresivo y nervioso del dibujante Daniel Bayliss, pendiente del detalle tanto como de algunas interesantes planificaciones a doble página.

La trama central es la de un plan de fuga que deberá unir a esos personajes en un vínculo duradero y espeso como la sangre, y también la de un tipo, en el centro de todos ellos, que parece no haber aceptado demasiado bien el ser privado de su libertad. En un ramalazo de crítica hacia las instituciones penitenciarias Ferrier hace protagonista a un loco, un hombre (perro) sumergido en el delirio, atormentado por fantasmas y sumido en una mentira febril autoinducida que lo lleva a vivir en un mundo ficticio de colores chillones y canciones de musical de Hollywood. Un enfoque socarrón y canallesco que da a esta serie limitada de cuatro números una textura distinta, más dislocada, entre el thriller carcelario y el humor negro, con una cierta escapada hacia la mirada historicista en una siniestra conexión con los campos de concentración nazis quizá algo innecesaria. Por lo demás, los autores se centran en el enfrentamiento racial, simbolizado aquí en el odio visceral entre gatos y perros, para un mensaje final que anda a vueltas con la humanidad, el cautiverio y lo que nos priva de humanidad para convertirnos en animales. Y ante todo Kennel Block Blues habla de la dignidad y de cómo esta a veces sólo puede conseguirse encontrando una comunidad y escapando a otros mundos, aunque sean ficticios, para dar con un último reducto de libertad.