Aunque “Colossus”, el tema que inaugura Joy as an Act of Resistance, segunda referencia de los británicos Idles, no es exactamente lo que aguarda el resto del álbum, sí nos pone sobre aviso de dos cosas. Uno, que esto va a ser un viaje oscuro y retorcido, probablemente con poca ocasión de descansar el alma. Dos, que va a ser algo jodidamente bueno. Las sospechas se confirman. El citado tema toma la vía Nick Cave and the Bad Seeds para emitir su versión agobiante y sudorosa de lo que debería ser una especie de ritual religioso negro. Swans también piden turno, uno diría que se podrían sentir a gusto con esa espesura sónica. Luego el frontman Joe Talbot y los suyos viran hacia algo aparentemente menos arácnido, un punk saltarín enrabietado y cabrón, y abandonan el rock explícitamente oscuro excepto en algunas ocasiones, como en la oscura “June”. Por lo general, pues, Joy as an Act of Resistance es un escupitajo punk a ratos cantado y a otros gritado, en ocasiones saltarín, casi pop (“I’m Scum”, “Television”) y en otras arrastrado por el suelo (“Cry to Me”), siempre musicalmente denso y envolvente: secuestra al oyente, lo ata a una silla o a un poste -quizá le suelta algún palo- y no suelta hasta el final, en un viaje que le pasa a uno por encima como un camión de seis ejes. Por el camino, Idles han berreado mantras obsesivos y estribillos irresistibles cimentados sobre una lírica de letras ácidas, irónicas, trufadas de humor y mala baba, no exentas de una carga crítica (inmigración, machismo, nuevos paradigmas de la política británica) y la sospecha constante de que hay mucho de autobiográfico en ellas. Sea como sea, Idles han firmado no sólo uno de los discos clave de rock bruto de 2018, sino, simplemente, un imprescindible del punk contemporáneo.