Con The Jinx, Making a Murderer y Serial aún recientes ESPN Films, la división cinematográfica de la popular cadena deportiva, hace su aportación al género de la crónica negra para su serie de documentales 30 for 30 que viene emitiendo  desde 2009. O.J.: Made In America es un musculoso ejercicio periodístico entorno al popular caso de homicidio que conmocionó a la América de los 90. Un documental de investigación que por otro lado coincide en temática con la ficcionada American Crime Story, cuya emisión terminó hace escasos meses y con la que comparte temática. No obstante Made in America va mucho, mucho más allá. Para empezar porque no se limita a abarcar temporalmente el caso y sus vericuetos jurídicos sino que -a pesar de que Ryan Murphy incidía en ello- se dedica a desgranar las circunstancias biográficas que condujeron al homicidio, y muy especialmente el caldo de cultivo social que fue testigo del mismo. Ezra Edelman, principal mente creativa tras el producto, traza una historia épica de América en la segunda mitad del siglo XX centrándose en el icono caído y radiografía el sentir de todo un pueblo -la comunidad afroamericana- y su relación con las fuerzas del orden. Toma el caso de la brutal paliza que el Departamento de Policía de Los Angeles descargó sobre Rodney King como piedra angular del malestar y los problemas de índole racial y lo pone en el centro de una tormenta furiosa y abrasiva que marcaría indefectiblemente el curso de -volvemos a Simpson– el juicio del siglo. Acomete la historia de O.J. desde sus inicios como brillante running back, estrella incipiente del football universitario, y nos guía a lo largo de sus incontables triunfos en el deporte, la publicidad, las relaciones públicas, la familia y el cine… sólo para ir dibujando poco a poco una personalidad ególatra, turbulenta, violenta y contradictoria, alejada de su propia e impoulta imagen pública. Algo así como un reflejo de la situación en las calles de un país en tensión consigo mismo, tolerante en apariencia, incapaz en realidad de gestionar su propia diversidad cultural.

Made In America es un documento monumental. Un titán audiovisual de casi ocho horas de duración repartidas en cinco episodios de hora y media que atrapan, conmueven y dejan sin aliento. Porque, como decía, van más allá del retrato de un hecho concreto. En realidad los acontecimientos funestos que lo motivan, el homicidio de Nicole Brown (esposa del propio asesino) y Ronald Goldman, el presunto amante de ella, no hacen acto de presencia hasta el tercer episodio. Un episodio centrado en la escena del crimen, la persecución con el famoso Bronco blanco y los primeros compases de un juicio que al final resultó ser un un ejercicio de estrategia escénica, un enorme teatro de la escenificación, la chapuza policial, la mentira y el perjurio racista personificado en el infame Mark Fuhrman. Porque tan interesante como eso es lo que hubo antes… y lo que vendría después. Las migajas de la vida más sórdida como espectáculo en el que todo el mundo creyó que debía tomar parte para posicionarse de uno u otro lado. O la tensión perpetua entre etnias y clases como gran arena mediática. O la sección de sucesos como catalizador del malestar social.

Es esta, en fin, una aproximación rigurosísima, tremendamente documentada, rica en datos, en testimonios -prácticamente todo implicado en el caso ofrece sus propias declaraciones-, nutrida por una impresionante cantidad de imágenes de archivo interesantes y grabaciones relevantes. Presentada con un infinito buen gusto en el montaje y en la selección musical y recorrida por una fibrosa veta dramática que la convierte en un aparato de suspense tan poderoso como el mejor thriller. Una serie sobre la dualidad innata de América que nos pone en guardia porque parece decirnos a cada momento que siempre, escondidos en los rincones de las vidas anónimas, en nuestra pura realidad, hay más de lo que el ojo ve.