No sé si nos hemos cansado ya de tratar de encontrar cada año la Gran Novela Americana, pero desde luego si no fuera así esta podría ser seria candidata. No por ser lo mejor que se haya publicado en nuestro país esta temporada sino, simplemente, porque tiene una aura de esa épica doméstica que trasciende el paso de las décadas, la misma que baña algunas novelas de Jonathan Franzen, de quien Adam Haslett podría ser lejano reflejo. Imagina que no estoy no tiene la potencia ni la trascendencia a la que aspira -y en sus mejores momentos logra- el autor de Las correcciones, pero es toda una señora novela que explora el amor familiar como pocas este año. La cosa se centra en una familia siempre al borde de la desestructuración que, sin embargo, logra sobreponerse a la -relativa- ausencia del padre y mantener un equilibrio entre la independencia de sus miembros y la necesidad mutua. Así, entre lo grupal y lo autónomo, es un poco esta novela polifónica que da voz a los cuatro miembros principales (la madre Margaret y los hermanos Michael, Celia y Alec) y ocasionalmente al padre, quienes se reparten el punto de vista para ir ofreciendo nuevos matices a la gran historia familiar. Haslett trabaja ese vínculo y también el devenir de unos personajes perfectamente construidos, apasionantemente descritos. Un grupo del que destaca muy especialmente Michael, el más pasional de todos y el que terminará capitalizando todo el peso emocional del relato: un tipo neurótico, sofisticado, melómano hasta la enfermedad, de complicadas relaciones con los demás y consigo mismo, y cuya patológica personalidad pronto revelará su profunda dependencia hacia la música disco… y los medicamentos. Y es que es esta una novela sobre las patologías emocionales y sus correspondientes drogas que, sin embargo, en ningún momento resulta excesivamente melodramática ni tremendista. Al contrario, el autor sabe contar cosas graves sin recurrir al exceso: su prosa es precisa y medida pero nunca rígida, ni severa, y en ningún momento renuncia a esa especie de comedia humana que resultan ser casi todas las familias. Quizá esa aparente falta de espesura lleve a engaño desde un principio, pero sería una pena: Imagina que no estoy es una novela tan ágil como rica.