Horizon: Zero Dawn se plantea, de buenas a primeras, como un simple refrito. Refinado en lo artístico y musculoso en lo tecnológico, pero refrito. Concretamente de algunos de los triple A más exitosos de las pasadas temporadas: esto parece un compendio de las virtudes de The Witcher 3, de Rise of the Tomb Raider, de Far Cry: Primal. O sea que de entrada, sorpresa (por lo menos positiva), más bien poca. Estamos ante un (otro) sandbox de tamaño monstruoso, bonito a rabiar y lleno de cosas por hacer. Uno de esos casos que podría bordear el desastre y terminar incidiendo en los vicios propios de, pongamos, los mundos abiertos más genéricos de Ubisoft: misiones secundarias irrelevantes, mecánicas que se repiten hasta la extenuación, contradicciones narrativas y argumentales por doquier. No obstante, a estas alturas ya se intuirá que esta reseña tiene truco. Tanto como el juego en cuestión: sí, es un reciclado, pero arroja resultados impecables y el balance final no es tanto una explotación de los tropos habituales como un perfeccionamiento de la fórmula. Y en cuanto a lo otro no, no incide en los vicios más molestos del sandbox de garrafón: casi todo lo que hay que hacer es interesante y emocionante, los personajes son humanos, los diálogos están cuidados y el juego sabe autorenovarse en los momentos clave.

Y se libra de esa especie de rutina artística que inunda este tipo de propuestas. Porque esto es lo primero que entra por la vista del título de Guerrilla, un diseño de producción de verdad precioso. El estudio ha sabido crear un mundo y dotarlo de vida gracias a sus paisajes hipnóticos, su trabajo de la luz dinámica, su diseño de sonido y, en general, su tremenda potencia técnica. Un gigantesco mapa no exento de personalidad, donde se encuentra lo natural con los restos de una civilización tecnológica ya extinta, un trabajo de contextualización acorde con la historia que se propone: la lucha de una paria (Aloy) por sobrevivir en un mundo postapocalíptico donde la humanidad ha sido convertida en, casi, la especie inferior. En su lugar, las máquinas campan a sus anchas por los montes, en forma de poderosos animales mecánicos. En su mayoría obviamente hostiles. Aloy, heroína carismática donde las haya, deberá resolver el enigma de la deriva humana y de paso despejar su propio pasado, aún una incógnita para ella.

El resultado, una aventura total con una notable capacidad de maravillar y emocionar. Que sabe balancear a la perfección sus mecánicas, basadas en la exploración, el combate, el plataformeo, el roleo y el diálogo. Todo ello en una medida perfecta, cuidada al detalle: los diálogos resultan interesantes, la exploración es motivadora, las plataformas un tanto simples, pero siempre fluidas, la parte RPG sencilla, cómoda y efectiva. Y en cuanto al combate… Wow. Horizon: Zero Dawn implementa un sistema de peleas trepidante, dinámico y orgánico que convierte cualquier enfrentamiento en un auténtico espectáculo y garantiza distintos estilos de juego, al gusto del jugador, que puede optar por el ataque directo o por el sigilo; por la tormenta, por la planificación cuidadosa, o por ambas.

Y claro, haremos balance en unos meses y probablemente nos encontraremos que toda la genialidad, la orginalidad, la audacia narrativa y los progresos en lenguaje videolúdico de 2017 los habrán propiciado los títulos indies. Pero en un escenario triple A como el que se está perfilando este inicio de año, plagado de secuelas y reciclados que SÍ dan la talla y SÍ resultan excitantes (Nioh, Yakuza 0, Nier: Automata, Zelda: Breath of the Wild, Resident Evil VII, Gravity Rush 2) nuestros gamers internos más mainstream pueden dormir tranquilos y satisfechos.