Por algún motivo desde el momento de su estreno Holy Motors logró infiltrar su propuesta radicalmente autoral y vanguardista en el ámbito del cine más o menos popular: durante un breve lapso de tiempo pareció que todo el mundo se interesaba por ella. Una vez vista, las reacciones fueron furibundas, obviamente, y no se la tardó en tachar de pedante y críptica, despertando así el rechazo obvio no sólo del público generalista sino de parte de la crítica especializada. Es normal. La última película de Leos Carax no dejaba de resultar un plato de difícil digestión, y reunía momentos lo suficientemente antipáticos como para no ser un espectáculo del agrado de todo el mundo. Pero, más allá de sus coches parlantes, la propuesta resultaba irresistible y fascinante en su capacidad para remover, emocionar (para bien o para mal) y parecer (si no ser) un ejemplo puro de lo que debe ser la postmodernidad cinematográfica hoy.

El planteamiento es sencillo y complejo al mismo tiempo. Presentada en forma episódica, la película se centra en un personaje inquietante, ese hombre de las mil caras a quien da vida un Denis Lavant memorable, en la mejor interpretación de su carrera. Su personaje es en sí mismo un actor, un hombre cambiante que muta en otros tantos seres ante nuestros ojos y que arroja reflejos (nada alentadores en casi ningún caso) de la sociedad contemporánea, cosmopolita y decadente incapaz o reticente a gestionar las responsabilidades del individuo hacia uno mismo, hacia la familia y para con la sociedad.

En Holy Motors la metanarración y el juego de espejos está permanentemente presente, obviando los mecanismos de la representación para recordarnos que la vida real a menudo puede ser una farsa. Y claro, la lectura que se propone es un poco como la propia película: grotesca, psicótica, emocionante y completamente imprevisible. Porque es este film un puzzle surrealista que es tanto una mirada al melodrama clásico como a los nuevos modelos cinematográficos, que esconde capas de significados y donde todo, intuimos, tiene su propia razón de ser: Carax no intenta resultar opaco por el simple placer del misterio, sino que nos invita a devanarnos los sesos, o bien a investigar en nuestras propias conciencias, para dar sentido a todo lo que vemos.

No siempre lo conseguimos. Pero en cualquier caso su mezcla de tonos y personalidades es arrebatadora: macarra y hortera, elegante y sensible, representa un crisol de géneros tan inclasificable como inasible y tan perturbadora como emocionante. El realizador culminaba con Holy Motors (por el momento) una carrera absolutamente esencial y lo hacía con una propuesta ejemplar, contenedor de todo su corpus creativo y de todo lo que debería ser el cine de autor en el siglo XXI: estimulante, incómodo, insobornable e infinitamente inquieto.

[Consulta aquí el resto de títulos de nuestra lista de lo mejor de la década]