Desde que el barcelonés Nomada Studio publicara sus primeras imágenes, nuestro interés en GRIS empezó a dispararse. El arte de su principal impulsor creativo, Conrad Roset, y las muestras de elegancia artística y técnica de sus otros dos artífices principales (Adrián Cuevas y Roger Mendoza) no hacía más que acrecentarlo: todo aquello era tan bonito que costaba de creerse. Ahora, con la obra terminada en la mano, las buenas vibraciones han dado paso a las confirmaciones. Este es uno de los videojuegos más bellos que hemos pescado últimamente.

Planteado como una sucesión de preciosos ambientes coloreados a mano, con texturas de acuarela y otras técnicas abiertamente pictóricas, Nomada nos cuenta -sin palabras- una historia que tiene mucho más de sensorial que de puramente narrativo. Las referencias se nos agolpan, y es Journey la más evidente de todas. Como en la obra maestra de thatgamecompany, GRIS articula una narrativa esquiva que se guía más por la transmisión de sensaciones y la poesía implícita en los nexos entre imágenes y sonido que por un hilo argumental claro. Hay una joven embarcada en una aventura de tintes oníricos, sí, y claros signos de quiebro emocional, heridas abiertas que deben ser sanadas y una lucha consigo misma que se impone clave en el logro de los objetivos.

Pero en esencia GRIS es un espectáculo audiovisual de belleza inasible y permanente búsqueda de la catarsis. Y como tal genera una especie de euforia sinestésica irrenunciable: su espectacular sentido de la composición de plano y el trabajo del cromatismo en función de cada estado de ánimo y de cada introducción de nueva mecánica se combinan con la banda sonora de la banda Berlinist para llevarnos a pequeños clímax sensoriales. Su sentido del movimiento, fluido y ligero, contribuyen a una identidad visual vaporosa que encuentra su contrapunto en la arquitectura de piedra, monumental, pesada y ruinosa. Todo ello confiere al juego una poderosísima identidad visual que lo separa de esos ilustres referentes (del pequeño Ori a Prune) para hacerlo navegar por su propio río, surcando asombrosas ideas de ambientación y constantes sorpresas visuales. Trascendiendo, no lo obviemos, su condición de simple plataformas con puzles a ratos quizá demasiado sencillos o esquemáticos.

Pero da igual que sus mecánicas pequen un pelín de conservadoras. O por lo menos poco importa a la luz de un videojuego verdaderamente impresionante, no sólo como logro comercial y creativo sino, simplemente, como experiencia personal realmente trascendente.