600 páginas. Esa es la credencial más llamativa de Grandes preguntas, el tomo que recopilaba las páginas dispersas del norteamericano Anders Nilsen en una única publicación absolutamente esencial. Un volumen más que considerable que cobijaba, en cambio, todo un viaje cuasiespiritual donde el tiempo se contraía y se estiraba como un chicle: esas 600 páginas sumían al lector en un embrujo capaz de hacerle perder de vista cualquier tipo de noción del tiempo o la longitud. Una sensación muy curiosa marcada por el envidiable sentido del tempo narrativo del autor. Y ello no era casual. Porque una de las «grandes preguntas» que se hacía Nilsen, en boca de sus personajes -casi todos ellos animales de fábula- tenía que ver con la escala y el tiempo. Con la relevancia o la fugacidad de las vidas que pueblan el planeta, pertenezcan a humanos o a pájaros parlanchines.

Sí, puesto así todo suena un poco raro. Una novela gráfica con una fuerte carga filosófica donde un grupo de aves existencialistas se dedica a hablar del absurdo, de lo mundano y lo cósmico y a comer migas directamente del suelo. Pero es que a eso juega el autor. A hacer un ejercicio de antropomorfismo para recordarnos justo eso: que quizá en el gran esquema de las cosas no tenemos mucha más relevancia que un pájaro o una serpiente, porque quién sabe si ellos también se cuestionan su propia existencia. De modo que cabe preguntarnos, así hacía Nilsen, cuál es nuestra relación con ese mundo que habitamos. Y cómo influye el paso del tiempo en la percepción. En Grandes preguntas los vestigios del pasado observan a los nuevos habitantes del planeta mientras paulatinamente van abandonando su propia esencia: un obús que cae de un avión es confundido con un enorme huevo que se le ha escurrido a una enorme mamá pájaro. Un esqueleto humano es contemplado por un pájaro que, con toda naturalidad, se pregunta cómo las piedras han terminado convertidas en semejante formación calcárea.

Pero nada es espeso ni farragoso en el nilsenverso. A pesar de contar con momentos de intensa reflexión, con ideas insospechadamente oscuras y con giros casi siniestros, en su tono predomina el humor y la ironía. Una comedia sutil, cotidiana y a ratos absurda, no tan basada en el gag como en la construcción de situaciones sorprendentes. Y que en varios pasajes confía en el texto para recargar la metralleta de conceptos y cuestiones densas mientras que en otros construye una narrativa visual eminentemente centrada en la planificación y la exposición no verbalizada. También en su parte visual el autor parece querer no violentar, y se centra en un dibujo preciso, de trazos a ratos sencillos y en algunos momentos notablemente detallistas, sin color y expresando sólo con trazo y tintas. Sabe trasladar la digna nimiedad, la gloriosa cotidianidad y sopor de esos seres que no paran de filosofar sobre la existencia sin siquiera sospechar que en ocasiones están radicalmente alejados de la verdad.

Además de todo ello Grandes preguntas es un libro divertidísimo, ágil y entretenido y capaz de soportar sucesivas lecturas sin resentirse de su capacidad de sorpresa y emoción. Cumbre, claro, no ya del tebeo de autor sino de la literatura filosófica pop.

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