Desde la más pura coherencia, Lena Dunham decidió echar el cierre. Si la suya era una voluntad generacional, era lógico que tras seis años las cosas hubieran cambiado demasiado como para seguir estando en primera línea de identificación. Girls ha visto pasar por delante de sus narices a los hipsters y a los millennials, ha contemplado serios candidatos a la sucesión y ha afrontado el cambio de etapa jugando con la incógnita: si queremos saber si Hannah afronta o no con dignidad la maternidad (claro que lo habría hecho) tendremos que quedarnos con las ganas. Por el camino, nos queda la historia hiperrealista de un puñado de lunáticas hostiables a las que se termina (o se empieza casi) ya queriendo. Y sí, esto es hiperrealismo. Porque hay más verdad, más sinceridad y más lucidez en estas representaciones histriónicas de la juventud urbana que en el 99% de retratos costumbristas pretendidamente fidedignos, pero tristemente faltos de empatía.

Semejante logro tiene varios responsables directos (Jenni Konner, Judd Apatow, Jesse Peretz…) pero un nombre obvio destaca entre todos ellos. El personaje Dunham será muchas cosas cara a la galería, pero en estos años ha demostrado ser, más allá de filias personales, una excelente guionista, una maravillosa dialoguista, una aguda creadora de personajes. También una estupenda actriz y una realizadora con las ideas claras. Una creadora generosa, con un ombligo infinitamente más pequeño del que las hordas de trolls quieren atribuirle. Un catalizador necesario para la renovación del tan reseco indie de fórmula Sundance que sí, claro, se ha erigido en (posible) voz de toda una generación. Si se ha convertido en ello o no dependerá de cada uno, pero por lo que a mí respecta Dunham ha sabido capturar toda la emoción, los triunfos, las frustraciones y el desnorte generalizado que se sufre en los tardíos veinte en un entorno cosmopolita. Y ha logrado una serie un tanto irregular, sí (han habido temporadas más dubitativas, otras indiscutiblemente brillantes), pero casi siempre valiosa en la mayoría de sus planteamientos y ejecución.

Más concretamente la sexta y última temporada ha supuesto un cierre sabio, bien templado y moderadamente autoindulgente, un resumen y ajuste de cuentas de todo lo visto. Cada personaje ha terminado en su lugar, o por lo menos en un lugar. Uno acorde con lo que se esperaba, sin ofrecer concesiones, pero sin dramatizar en exceso. De nuevo ha sido una temporada menos compacta que sus mejores campañas (la segunda y tercera fueron insuperables) pero ha tenido sus propios  highlights: pienso en el complejo y valiente tercer episodio, “American Bitch”, o en los muy sensibles antepenúltimo y último, “What Will We Do This Time About Adam” y “Goodbye Tour”. En el cierre de la serie, el muy low-key “Latching”, se nos deja entrever esa nueva vida compartida de una Hannah que finalmente ha madurado para recordarnos que, a pesar de la vocación coral del producto, ella, sus neurosis e ideas, siempre fueron el centro de todo esto.

Ahora sí, Girls es ya una serie para el recuerdo. Se la echará de menos.