Sólo por hiperproductivo, por ser un don erre que erre incurable, a Jeff Lemire ya le tenemos que guardar respeto. Pero en su obra la cantidad no capa la calidad, y lo cierto es que si se ha hecho un hueco entre los autores imprescindibles del cómic americano contemporáneo es por el enorme valor de su obra. De entre toda su producción en activo hoy destacan dos series abiertas. Por un lado esa reformulación postmoderna de los superhéroes de la Edad de Oro y Plata que supone Black Hammer. Por el otro esta Gideon Falls que nos ocupa, bastante menos lúdica pero igual de lúcida.

En este caso se trata de un relato de horror clásico (podría firmarlo el Stephen King más inspirado) situado en el titular Gideon Falls, donde en los últimos tiempos viene apareciendo un granero negro místico, visión eterna fruto de delirios mortales y presunto centro neurálgico de todo mal. Entorno a este se arremolina un grupo de personajes que viven en los márgenes de la sociedad pero que, de algún modo, se ven abocados a la responsabilidad de salvarla: un huérfano diagnosticado de varias patologías mentales, un cura en plena crisis de fe y que podría haber sido destinado a Gideon Falls siguiendo oscuros propósitos de su superior, una psiquiatra atrapada en la mente de su paciente y un médico retirado obsesionado con su papel en una pseudosecta encargada de librar a la humanidad de la insidia del granero negro.

Lemire hace fluir su relato por entre los meandros de una narración rasposa, tensa y siempre siniestra. Trufada de misterios, de ramalazos de violencia febril y habitada por esos personajes descritos con matiz e inteligencia, contradictorios -entre la lucidez y el delirio, entre la responsabilidad y la autodestrucción- y complejos. Pero todo quedaría en buenas intenciones si el texto no estuviera sustentado en el espectacular dibujo de Andrea Sorrentino, la otra gran estrella de esta serie. Lemire y Sorrentino ya firmaron una esplendorosa etapa al frente de Green Arrow. Aquí repiten -superan- el éxito y presentan un apartado artístico asombroso. El italiano vuelve a desplegar su increíble catálogo de recursos visuales rompiendo el esquematismo de la página tradicional y se muestra rico en virguerías con sustancia, en composiciones de fantasía y en planificaciones capaces de narrar por sí mismas, sin la necesidad de un texto de apoyo. El color de Dave Stewart, sombrío, opresivo, saltando de los negros, los grises y parduzcos a la violencia extrema del rojo, echa el resto en un tebeo soberbio, preludio de lo que está por llegar a nuestro país (aún mejor, visto lo visto en la edición USA) y un final (de momento inédito) que se anticipa antológico.