¿Es un poco temerario colocar el último disco de Nick Cave, tan recién salido del horno, entre nuestros preferidos de la última década? Es posible, pero lo hacemos tras varios días de escucha compulsiva y, sobre todo, con el estómago convertido en un auténtico amasijo de emociones, al mismo tiempo endurecido como un pedrusco, pesando como una losa ahí dentro de nuestros vientres. Ghosteen es, sí, intenso y elegíaco, emocionante hasta lo insoportable, tocado de una belleza y una melancolías que sólo tiene parangón en su predecesor, el también tremendo Skeleton Tree.

Para la ocasión el australiano ha vuelto a echar mano de sus habituales Bad Seeds y juntos se han puesto en modo ceremonia cuasireligiosa, dando forma a un doble álbum cuya primera parte de ocho canciones representa -afirman- los hijos y su segunda (dos largos temas engarzados por uno más breve) simboliza a los padres. Y pese al furioso pasado sónico de Cave con sus Bad Seeds no hay aquí -como viene siendo habitual en los últimos años- rastro de electricidad, de furia ni urgencia punk y sí mucha atmósfera que se arrastra, que viste las letras con delicadeza, con tristeza o con tensión sostenida. Cave infiltra en el tapiz ambiental su piano y su voz grave, que va del susurro al lamento profundo y que se permite acompañarse ocasionalmente de un contrapunto femenino e incluso ejecutar falsetes casi teatrales. En pocas ocasiones el intérprete ha sonado tan emotivo como en esta, entregado a sus textos y rendido al torrente emocional que pretende transmitir.

Y aquí menos que nunca hay que menospreciar el componente voz, porque todas las canciones parecen orbitar entorno a esta, a la palabra y el verso. Hay mucho de spoken word en los surcos de Ghosteen, un disco bendecido por una lírica oscura, pero también esperanzada. Como proceso de sanación tras el luto por la pérdida de su hijo el compositor acomete la construcción de los temas desde un prisma espiritual, pero también más caótico, simbólico, menos narrativo. Y apela a la muerte y la pérdida, sí, pero también deja entrar la luz en forma de la posibilidad de una necesaria compañía, sentimental o no. De los retornos esperados en “Bright Horses” o “Waiting for You” a la compañía reconfortante (¿o quizá finalmente inquietante?) en “Leviathan” precipitan un disco que gira entorno a la presencia o ausencia de la otra persona. Llamados a Cristo, contacto con lo salvaje de la naturaleza (caballos bosques, estrellas, cielos) y la influencia trascendente de la noche y el día terminan de marcar una obra verbalmente hermética pero de algún modo liberadora.

Todo ello está en el centro de un disco que en lo musical, comentaba, parece deslizarse sinuoso generando estados de ánimo sensibles y taciturnos. Destacan las brumas de sintetizador, los drones y los universos sonoros badalamentinos. Se guardan los Bad Seeds de desplegar aquellos akelarres eléctricos de antaño y se unen a la “causa Cave” minimizando las percusiones, suavizando las cuerdas y sonando más discretos (que no prescindibles) que nunca. Sólo en “Ghosteen” (la canción) y en “Hollywood” se muestran un poco más voluptuosos. Pero el tono general es de introversión. A ratos formalmente minimalista, siempre intimista e infinitamente emocionante, Ghosteen cierra una década volviendo al tuétano más nuclear de la canción rock, haciendo limpio en la vida y la carrera de un artista imprescindible del pasado y a quién aún le quedan batallas futuras. Si son tan viscerales y conmovedoras como esta temo siquiera sobrevivir al viaje.

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