Poco a poco, y sin hacer demasiado ruido, el realizador David Lowery está empezando a ganarse a pulso su condición de manjar exquisito para paladares selectos. Que nadie se engañe, lo de Peter y el dragón no fue un simple movimiento alimenticio ajeno a su discurso más autoral: había mucha magia en aquella reformulación del clásico B de Disney, una sensibilidad escénica y narrativa que lo despegaba de cualquier sospecha de servilismo mercantil. Pero, claro, donde nos había hecho salivar de verdad fue en En un lugar sin ley, precursora directa de esta A Ghost Story, que con aquella comparte protagonistas (Rooney Mara y Casey Affleck, aquí una vez más excelentes) y enfoque dramático: de nuevo narra una relación romántica desde un prisma de, ejem, género.
Sólo que aquí no se fija en el drama criminal sino en el fantástico. Naturalmente, a su muy personal e insobornable manera. A Ghost Story podría ser la película de temática paranormal más lánguida, melancólica, sugerente y sinuosa de las últimas temporadas. Lo es. Pero antes pretende ser muchas otras cosas, empezando por una radiografía del dolor que aparece cuando desaparece el ser querido. Lowery relata la historia de una pareja, del fallecimiento de él y de su retorno a la vida ultraterrenal, en forma de fantasma de representación plástica naíf e ideal: una simple sábana con dos agujeros a efecto de ojos. El fantasma observa -se limita a ello- la reconstrucción de la vida de su viuda. Su nueva cotidianidad y el vacío que debe volver a llenar con el paso de las semanas.
Una aproximación a la idea del fantasma como recuerdo siempre presente en la vida diaria de quien pierde al ser querido. Un cuento de infinita tristeza sobre el amor, dolor, los celos, la traición y la ausencia que, sin embargo, discurre por desarrollos paralelos al miserabilismo sentimental más convencional e inflamado. Al contrario, A Ghost Story plantea una mixtura de géneros donde cabe el melodrama, la historia paranormal arty, el drama existencialista y la comedia cotidiana fantásmica. Un fascinante ejercicio de estilo (eso también) rodado en formato cuadrado, bordes redondeados y fotografía desvaída y vaporosa, lleno de recursos visuales y buenas ideas de puesta en escena, composiciones de inquietante simetría e hipnótico montaje. Emparentado con la sensibilidad cotidiana del Malick de las distancias más cortas y marcada por esa insospechada rima visual y atomosférica con el Finisterrae de Sergio Caballero. Una propuesta personal, perturbadora y hechizante.