Tras el paréntesis que supusieron la colección de ensayos Flores en las grietas y la soberbia Canadá, vuelve Richard Ford a su personaje fetiche y suerte de alter ego, Frank Bascombe. Y qué bien, oigan. Porque al viejo Frank lo leímos por última vez en Acción de gracias y ya teníamos ganas de volver a su vida y milagros, ni que sea en pequeños sorbitos: en Francamente, Frank, nos encontramos a un Bascombe definitivamente asentado en la que probablemente sea la última etapa de su vida en una aproximación que Ford conduce en cuatro relatos breves. Cuatro historias en apariencia ligeras pero que le sirven y le bastan al de Misisipi para seguir canalizando su visión de la América de las últimas décadas: este Frank ya ha asumido una lucidez casi de outsider, de radiógrafo “desde fuera” y puede enfrentarse a sus recuerdos (fallecimientos, divorcios, amigos que no se sabe muy bien si lo fueron) con el ingenio de quien ya lo ha vivido casi todo. De modo que por los surcos aparentemente minimalistas de estos varios encuentros con viejos conocidos y recién llegados Ford/Bascombe lanza pequeñas, potentes, disquisiciones. Reflexiones entorno al recuerdo, el pasado, la muerte, la superación del dolor, la vejez y nuestro papel en este mundo. Entorno a las cuestiones raciales, el patriotismo, el funcionamiento social de un país a menudo algo esquizofrénico. Entorno a los lazos familiares, el amor y el respeto. No, claro, Francamente, Frank no es tan rotundo en su forma como El periodista deportivo, El día de la independencia o Acción de Gracias, pero es que tampoco lo pretende. Se quiere más pequeño porque, intuimos, su autor prefiere ejercer de opinador casual. Sin embargo, su prosa sigue siendo afilada y su capacidad para aunar lo cotidiano con lo abismal y lo grave con lo irónico se conserva en plena forma.

 

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