Si pensábamos que el gran cerebro tras Master of None era Aziz Ansari, ahora ha resultado que su cocreador, Alan Yang, puede tener más responsabilidad de la que nos pareció. Con Forever viene a reclamar su muy merecida parcelita de prestigio y se marca un tres de tres muy serio: su currículum no es escaso, pero básicamente tiene en su haber un triplete de oro que se completa con Parks and Recreation. Y si bien Forever parece que  pueda querer de más capítulos para de verdad alzar el vuelo (son sólo ocho), los primeros resultados han resultado impecables. Es esta una dramedia conyugal con giro sobrenatural que, sin embargo, no se doblega ante las convenciones del fantástico sino que prefiere nadar a su muy buena bola, yendo a lo que le interesa, que es no tanto dicho twist como el narrar la condición de un matrimonio actual de la América de clase media más o menos estable. Están bien, cursan una existencia muy normal, una rutina muy segura y un estilo de vida sin sobresaltos. Hasta que ocurre ese algo y sirve como detonante para un proceso que pone en evidencia las carencias. Y de eso habla Forever. De la rutina como colchón, del aburrimiento vital, del conformismo intrínseco en un matrimonio de larga duración tan insertado, para mayor ironía, en el seno de la vida suburbial estadounidense tan heredera del american way of life.

En esta tesitura Yang construye una serie que esconde su propio dolor con comedia un tanto irreverente, brindada por una pareja de intérpretes de altos vuelos. Especialmente ella: si bien Fred Armisen sale poco de su propio esquema, y vuelve a ofrecer un personaje muy cercano a sus recurrentes en Portlandia, Maya Rudolph, hasta ahora comedianta todoterreno, nos regala uno de sus mejores papeles hasta el momento. Un personaje interesante, profundo y con capas, servido con gran versatilidad y diseñado con sabiduría. Y de esto hay mucho en Forever, narración elegante, sugerente y sutil. Una serie que se cuela despacito para coger desprevenido al espectador y pegarle duro.