Ahora se nos hace raro imaginar un mundo sin ella, pero hará cosa de cinco años casi nadie sabía ni quién era Phoebe Waller-Bridge. Yo qué sé, tiempos oscuros. Y vale, tampoco es que ahora sea una celebrity, pero su infinito talento se le está empezando a reconocer en su justa medida. Ya era hora, después de la simpática Crashing, la notable Killing Eve y, especialmente, esta esencial Fleabag que crea, escribe y protagoniza, un auténtico icono de la modernidad televisiva, casi podría parecer que incluso a su pesar.

Y es que la británica, o por lo menos su personaje -apodado simplemente “Fleabag”- es algo así como una especie de anti-diva millennial. Una desencantada de la vida que sólo quiere estar tranquila, equilibrar su vida familiar, follar un poco si eso con alguien que medio merezca la pena y capear las absurdidades de la vida contemporánea, a pesar de ser ella misma una auténtica absurdidad con patas. Como lo somos todos, vamos. Porque sí, todos somos un poco fleabag, personas inseguras, neuróticas, algo egocéntricas. O por lo menos ese es el argumento que Waller-Bridge nos lanza a la cara sin que nosotros podamos encontrar los motivos para discutirle casi nada.

¿Qué hace de esta una propuesta superior a todas las demás historias de treintañeros perdidos en sus propias vidas? Algo tan sencillo como -llamadme simple- la calidad. De sus interpretaciones, de su factura, pero especialmente de sus guiones. No hay momento en Fleabag que no esté cargado de sentido, o que no trabaje el subtexto de manera magistral o que, simplemente, no lance un pequeño gag, un comentario social afilado o una puya hacia nuestra manera de entender las relaciones entre las personas. Sus diálogos no dan puntada sin hilo. Y la construcción y el timing cómico de cada escena son modélicos (el ingenio que aplica a un recurso tan manido como la destrucción de la cuarta pared alcanza momentos de pura brillantez).

Fleabag ha construido, en sólo dos temporadas, un discurso fresco y moderno a partir de cánones atemporales. Una mirada ácida, ingeniosa, sin filtros pero con mucha clase, al sexo y el amor, la responsabilidad, la maduración y la soledad. También a la fe, la tentación y la fidelidad en su segunda temporada. Y no inventa nada, no, pero pone el listón de calidad para las readiografías del joven urbanita contemporáneo a una altura que será difícil de superar.

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