Vamos a seguir hablando de este tema, y -afortunadamente- lo vamos a tener hasta en la sopa, porque estamos en una época literaria especialmente marcada por la presencia de la esclavitud como gran tema central en una especie de operación de purga de demonios. La sociedad norteamericana sigue cotizando bajo en derechos humanos hacia las minorías étnicas y parece que como respuesta, o como simple necesidad creativa, un puñado de autores y autoras están respondiendo con novelones de los que marcan época. Por aquí hemos dado cuenta de alguno de ellos –Volver a casa, El vendido-, y lo volveremos a hacer (cuando abordemos El pájaro carpintero, de James McBride: dadnos un par de semanas), y no es una cuestión de modas. Es simplemente, eso, una necesidad. Un recordatorio y un tirón de orejas: al final todos estos títulos siguen reflejando, a través del relato del pasado, un oscuro presente. El ferrocarril subterráneo es uno de estos casos. Quizá el más reconocido: Colson Whitehead se ha ganado con su nueva novela los últimos Pulitzer y National Book Award. Y porque George Saunders ha arramblado, merecidamente, con Lincoln in the Bardo, que si no probablemente también se llevaba el Man Booker.

El ferrocarril subterráneo hace referencia en su título a la mítica, hipotética -más bien metafórica- red de trenes que recorrían el subsuelo norteamericano, destinados a extraer clandestinamente a los esclavos de las plantaciones para trasladarlos a estados donde vivir libres. Una iniciativa que habría sido puesta en marcha por abolicionistas blancos que se jugaban el tipo frente a esclavistas salvajes y violentos. Hay mucho de ello en esta novela: Whitehead no escatima en momentos de crudeza, y describe a los esclavistas como animales sedientos de sangre que hacen suya esa máxima norteamericana aún vigente: si te lo puedes quedar y conservarlo, es tuyo. Así, la novela se mueve entre la descripción fidedigna, increíblemente documentada, y el relato de aventuras trágicas más expresionista que templado. Quizá suavizar la narración habría sido una insensatez, y el resultado es una historia dura poblada de personajes despreciables. Cora, la esclava protagonista, marca su periplo esperanzador a lo largo de la narración, pero a lo ancho de las páginas el autor muestra que ni siquiera el norte era un lugar seguro. Los cazarecompensas, los esclavistas hiperviolentos a la búsqueda y captura de sus “posesiones” fugadas, incluso los ladrones de cadáveres, nos recuerdan en todo momento que la esclavitud no fue una tragedia que terminó diluyéndose tras una guerra. Sino que es una lacra que sigue palpitando hoy día porque permanece en el corazón histórico de todo un país.