Sí, es un tema sensible, pero ante la pertinencia inexcusable de la comedia, ante el poder crítico del género satírico y la inalienable libertad de expresión me niego a caer en la valoración de ciertas recientes polémicas absurdas. Y, me temo, interesadas. Con perdón, me la sudan. Porque aquí lo que nos interesa es el cine, y la comedia. Y la capacidad del cine cómico para colocar el dedo sobre la llaga de las neuras humanas y los estigmas sociales. Que es lo que hacen Borja Cobeaga y su guionista habitual, Diego San José, desde su última propuesta. Una Fe de etarras (¿título del año? Tampoco estaba mal el barajado “Etarriza como puedas”) que vendría a enmendarles la plana a la intragable Ocho apellidos vascos y su inenarrable secuela. Aquí los autores se desligan de (por otro lado muy respetables) intenciones mainstream y bajo el auspicio de Netflix paren un proyecto que hace tiempo que estaban gestando. Una especie de comedia negra costumbrista que pone “lo vasco” como centro de toda coña y recurre al terrorismo etarra para reflejar un trauma aún latente. Esta es la historia de un pequeño comando improvisado que, instalados de incógnito en un piso franco, pretenden dar el golpe definitivo que recoloque a la formación terrorista en el centro del mapa sociopolítico español en un momento en que la cosa empezaba a diluirse. Un verano de 2010 que, para más hostias, llevaba mundial -y fiebre españolista- incorporado.
El resultado es una comedia con tempo dramático, cercano en intenciones -si bien algo más escorado hacia el chiste- que la brillante Negociador. Un caramelito doméstico de engranajes guionísticos bien ajustados, entre lo berlanguiano y el espíritu de Vaya semanita, trufado de escenas memorables y muy sabio en su trabajo de la pura y dura ironía. Inteligente en su combinación de elementos desmitificadores y en su choque entre lo español y el chiste regional vasco.
Y que no es perfecto, cuidado, porque en ocasiones sus intenciones cómicas chocan con una cierta falta de timing, o con unas interpretaciones ligeramente desangeladas (Javier Cámara, Miren Ibarguren, Julián López, Gorka Otxoa; todos han estado en otras ocasiones mejores que aquí). Al final, sin embargo y con sus ligeros peros, lo que queda es una película de notable en resultados y excelente en intenciones: principalmente, mirar a los ojos del problema y reírse en su puta cara. Cosas como Fe de etarras evidencian que necesitamos más riesgo creativo. Que necesitamos más comedia en nuestra vida cotidiana. Que necesitamos más Borjas Cobeagas.