El paroxismo del discurso artístico de Chris Ware llegó en una caja enorme. Al padre de Jimmy Corrigan siempre le ha gustado jugar con los formatos y las composiciones, ir de lo macro a lo micro, incluir minúsculos beats dramáticos tan físicamente pequeños que quepan en los bordes de las páginas. Y, como en el caso de Fabricar Historias, ofrecer contenedores enormes que puedan almacenar toda esa experimentación en un mismo lugar: aquí había tebeos largos, minihistorietas, tiras, narraciones de varias páginas. Relatos autónomos y al mismo tiempo interdependientes los unos de los otros que contaban decenas de historias separadas pero que conformaban un corpus global destinado a retratar un microuniverso, a componer un fresco que capturaba la cotidianidad extraordinaria de un mismo edificio. Todo ello, como digo, en una enorme caja.

En Fabricar Historias lo que importaba era menos la secuencia cronológica y más la visión global. Por ello Ware no encerraba su narrativa en una estructura clásica sino que invitaba al lector a que la leyera en el orden que quisiera. Y que combinara los formatos en el orden que se le antojara: podía saltar de la tira cómica al póster, del tebeo eminentemente verbal a la narrativa cuasi muda, del humor mínimo al formato grande de un periódico, de la secuenciación tradicional a las decenas de planos, diagramas y recortables que evidenciaban la rica y libérrima concepción que tiene Ware del medio.

El contenido resultaba igual de abrumador y ecléctico: decenas de personajes (algunos particularmente recurrentes), montones de temáticas, evidentes y sugeridas, relacionadas con la monotonía, con la soledad, con la búsqueda de la felicidad, con la exploración de lo extraordinario en lo cotidiano, con el paso del tiempo. Todo ello enfocado desde un punto de vista que saltaba de lo cósmico a lo tremendamente íntimo tratado desde un prisma filosófico, casi existencialista, pero en el fondo cercano para un lector que debía descubrir que a veces la experimentación formal más radical en el fondo encierra una concepción humilde, honesta y definitivamente popular del arte.

Fabricar Historias revolucionaba, en fin, el concepto tradicional del cómic. Pero, pasados los años, y a pesar de la actual robusta salud del medio como lenguaje expresivo singular, cada día estamos más convencidos de que a esa revolución sólo podrá darle continuidad el propio Ware.

[Consulta aquí el resto de títulos de nuestra lista de lo mejor de la década]