Ni con sus puntuales aciertos pretéritos aún en el recuerdo es fácil soportar al actual Mark Millar. Lo menos ofensivo que puede decirse de la gran mayoría de sus proyectos es que son, simple y llanamente, cansinos, por repetitivos y previsibles. Y no es que Empress sea un dechado de originalidad, ni remotamente. Pero es que aquí el británico demuestra que cuando deja de pretender ser el más malote de la clase es capaz de armar una buena historia. Divertida y carismática. Y por una vez sin pisar el género superheroico, además: Empress es una space opera de la vieja escuela contada en siete números (por el momento) que recicla conceptos, pero que los aprovecha con inteligencia y los destina al puro y duro entretenimineto. Y aunque todo esto lo hemos visto ya antes en cientos de otros productos (Star Wars y Star Trek son los principales damnificados) esta vez Millar deja de tropezarse en sus propios embrollos ideológicos y va a lo sencillo. A una historia trepidante de ritmo imparable donde caben una emperatriz liberada de su tiránico esposo, un cowboy espacial, cazarrecompensas, saltos en el espaciotiempo y, lo que subyace a todo ello, una historia sobre la búsqueda de una familia en la que encajar. Todo aderezado con carreras constantes, saltos, explosiones, criaturas y planetas de colorines y cliffhangers extremos. Y todo, como digo, tan previsible como entretenido.

Pero es que donde empieza lo bueno de verdad con Empress es en su apartado visual. Nada menos que Stuart Immonen da lustre y dignidad a todo esto, recordándonos de nuevo por qué es uno de los mejores dibujantes del mainstream actual. Sólo por su trabajo la cosa ya vale la pena, porque gracias a él Empress resulta en un majestuoso recital visual, esponjoso y expresivo, que sólo podrían haber igualado unos pocos (se me ocurre Ryan Ottley). Y ojo, que no es el mejor Immonen, pero sigue dando sopas con hondas a casi todo el resto. Y esta no es la mejor serie limitada del año, pero sí un delicioso refresco veraniego con el que poner las neuronas a medio gas sin peligro de zamparse boñigas demasiado apestosas por el camino.