Dentro de la categorización estipulada por los historiadores de la literatura, a fin de hacer comprensible la materia de forma ordenada y cronológica para los alumnos, Émile Zola forma parte de lo que se conoce como Naturalismo. Asimismo, cada escritor puede y debe circunscribirse, según la academia, a un movimiento que corresponda a la taxonomía estipulada. Los rara avis son pocos y se suelen destacar como excepciones para confirmar la regla, es decir, la idea de que existen, a lo largo de la historia, afinidades generales y un modo de percibir y hacer más o menos cohesionado según el período histórico. Así, Lautréamont es el ejemplo de escritor “inclasificable”, un ser extraño que habitó en el siglo XIX y que se adelantó a los surrealistas. Nietzsche puede ser un ejemplo de filósofo adelantado por completo a su época, desubicado por lo tanto dentro del orden histórico de la tradición.

Mi hipótesis, de acuerdo con la idea de determinados libros publicados recientemente en Estados Unidos –por ejemplo la Historia alternativa de la literatura de Steven Moore-, es la siguiente: es más fértil estudiar la literatura desde las individualidades que desde los conjuntos. Aceptando que, en determinados momentos históricos, existieran moldes claros para las diversas formas de hacer arte, no puede subestimarse el hecho de que cada uno de los artistas a tratar fue una unidad de conciencia y pensamiento, con una percepción particular y única de la realidad. Afincarse en el esquema de conjuntos puede ser fácil para resultar didácticos, pero también para resultar banales y para inculcar en los alumnos la idea en mi opinión reductiva (que no falsa) según la cual existe una sucesión cronológica, una vaga sensación de progreso en el arte. Pretendo probar lo que uno puede perderse aceptando únicamente esta noción de lo que es la historia de la literatura sacando a colación a uno de los escritores que más detesté en la escuela: Émile Zola.

Cuando nos explicaron en el colegio el Naturalismo, me pareció, sin duda, uno de los movimientos literarios más aburridos. Si accedemos a la Wikipedia, sancta sanctorum del conocimiento contemporáneo, encontramos este poco atractivo: “El naturalismo es un estilo artístico, sobre todo literario, emparentado con el realismo, basado en reproducir la realidad con una objetividad documental en todos sus aspectos, tanto en los más sublimes como los más vulgares”. En el mismo artículo se enumeran diversas características comunes al movimiento, y se dice que en el prólogo de Thérèse Raquin Émile Zola planteó sus presupuestos teóricos. Como para echarse a llorar. Ya que se menciona, tomemos esa novela como ejemplo.

Si efectuáramos una suerte de test, comprobaríamos que en Thérèse Raquin se cumplen los principales presupuestos del Naturalismo. Es cierto que durante unos años muchos escritores tuvieron afinidad por esa clase de escritura. Sin embargo, establecer un conjunto tan parcelado nos impide ver, por ejemplo, aquello que cada escritor ha mostrado sobre el papel como único. En verdad la misma Thérèse Raquin, sin ningún lugar a dudas, puede ser considerada una extraña novela, una obra única en el siglo XIX, un experimento que anunciaba ya, directamente, la postmodernidad literaria (y aun así, y en esto reside la paradoja, sigue siendo una novela adscribible a un realismo tendente al naturalismo, y que muchos no leerán por creerla igual que las demás, un fruto carpetovetónico, que es el aroma que suelen desprender todas las descripciones mortecinas de dicho movimiento en las escuelas). Harold Bloom dice de Zola: “El tiempo santifica la grandeza de Zola como novelista y como persona y cada vez comprendemos mejor que trascendió la estética naturalista”. Y sobre Thérèse Raquin: “la novela es una fantasmagoría más que una obra realista”. La define como fantasmagoría por su extraordinaria estructura, un tipo de construcción que rompía con los moldes del momento y que sólo se ha vuelto a ensayar (excepto honrosas excepciones) en la postmodernidad literaria.

Thérèse Raquin es una mujer casada con un hombre al que no ama. Tiene un amante al que ve en secreto, Laurent, y con él decide matar a su esposo. Lo asesinan un buen día empujándolo al Sena. Hasta aquí, el planteamiento pone el foco en una familia pobre de comerciantes del bajo Sena, en sus penurias económicas y miserias amatorias. La estructura y la composición son clásicas y afines al modo del momento. Sin embargo, una vez se produce el asesinato en la novela, Zola introduce un cambio en la estructura y transforma la obra, que debería tener en principio un suave desenlace con un clímax claro, en una sucesión de clímax que recuerdan mucho al planteamiento que hizo de la inacabada El castillo de Kafka, una obra maestra de la paranoia y la pesadilla cuya estructura se desarrolla en espiral. Obra inconclusa, por cierto. En ese sentido Thérèse Raquin es una fantasmagoría, por su apariencia de inconclusión, de no acabamiento del martirio. Desde el asesinato en adelante, Zola se ensaña con Thérèse y su amante, observa desde todos los puntos de vista cómo la culpa corroe a los asesinos lentamente y describe de la manera más precisa su descomposición moral, física y mental mucho más allá de lo que se requeriría para cerrar con un buen tempo el arco dramático. No es una obra propia del siglo XIX, destruye el molde por completo en su segunda parte, y sin embargo suele nombrarse como representativa de un movimiento literario.

Por casos como este, además de una vista panorámica, resulta un complemento imprescindible establecer el foco en la individualidad. Zola, por sí mismo, es una fuente inacabable de genio y originalidad. Pienso por ejemplo en las primeras 50 páginas de Gérminal, una novela que describe la terrible vida de los obreros en las minas de carbón francesas. Sin duda, es una novela estrictamente realista, coral, mucho más interesada en la descripción del conjunto de una clase social que en sus individuos (aunque tiene portentosos personajes), y sus primeras 50 páginas también son inclasificables. Se trata de una simple descripción de una mina de carbón. Una descripción minuciosa, en el tono de reportaje, que incluye momentos de tensión dramática y que Zola sólo pudo escribir pasando él mismo, in corpore, un mes sometido como empleado a las penosas condiciones de una mina de carbón de las de entonces. Experimentó en sus carnes para luego poder escribir esas cincuenta páginas que son una cumbre en el difícil género de las descripciones. Le Clézio, muchos años después, en su segunda novela, El diluvio, hizo en mi opinión una revisión experimental de Gérminal. Las primeras 50 páginas de El diluvio son la descripción de un instante en el que una motocicleta cruza un paso de cebra mientras suena una ambulancia al fondo. Este simple momento le da al autor para desplegarse tal y como lo hizo Zola, pero circunscribiendo el espacio, eliminando la temporalidad, haciendo metafísica de un juego, en definitiva. La postmodernidad. La segunda parte de la novela es lo contrario que Gérminal: el individuo, el uno, pero también su descenso hacia la catástrofe, la fragmentación, la psicosis.

Puede ser este un buen momento para revisar la obra de Émile Zola y para acercarse a escritores que, en principio, la didáctica escolar nos ha enseñado a desdeñar. Mi predilección (y mi recomendación para quien desee empezar a descubrir individualidades que trascienden a su propia época) es la literatura Romana, una de las más raras e innovadoras. En ella encontramos a autores que hicieron cosas que no se volvieron a ver hasta el siglo XX. Y, según creo, ellos conocen y ya describieron el futuro de nuestra decadencia.

Web del crítico: Víctor Balcells