En 2019 la publicación en España de la excelente Manhattan Beach nos ha recordado y confirmado el talento de Jennifer Egan. Pero hace ocho años, y ni siquiera con un Pulitzer bajo el brazo, nos vimos venir el vendaval. Se estrenaba por estos lares la norteamericana y lo hacía con un texto que nos iba a poner un poco del revés no sólo por su impacto y capacidad radiográfica sino también por su forma. Era una novela pero eran cuentos. Era un constante ir y venir, pero también transmitía una sólida unidad temática. Porque con un ojo puesto en el mundo del rock y otro en los sinsabores de la vida tecnificada y digital El tiempo es un canalla describe un universo de bolsillo que puede tener un centro gravitatorio (el rockero en crisis Bennie Salazar) pero que en realidad está conformado por varias microhistorias, a cuál más rocambolesca… y reconocible.

El tiempo es un canalla funciona pues como un relato caleidoscópico en sus localizaciones, voces, tonos y épocas (desde los años 70 hasta 2020), casi hasta el punto de la desestructuración. No es esquizofrénico, de algún modo se mantiene cohesivo, pero sí rechaza la idea de que la contemporaneidad en arte e ideología pueda verse representada mediante un discurso único y monolítico. De este modo, gracias a su desparpajo y al genuino punk que destila (que no chilla) su narrativa logra ser moderna sin parecer modernilla, audaz sin caer en el ejercicio de estilo hueco: su volátil hilo conductor se violenta aún más con el uso de los pies de página e incluso un extenso fragmento narrado con formato de Power Point (!). Una especie de recuperación del espíritu DFW reciclado en reflexión sobre la pérdida, de juventud y de valores, y sobre la percepción de la propia persona: estos personajes están jodidos, aquejados de patologías sicosociales, son víctimas de los males de una vida moderna que no ha asumido aún su propio ritmo de crecimiento tecnológico y social.

Es gente que persigue la fama, el dinero y, sobre todo, el reconocimiento de los demás y de ellos mismos. Especialmente, gente que ha perdido todo ello y aún están desconcertados, perplejos e incapaces de sobreponerse al propio paso del tiempo. En el mejor de los casos la víctima se mantiene estática, preguntándose qué es lo que ha ocurrido con su vida. En el peor, ha perdido su dignidad, sus valores, y se ha convertido en algo que traiciona frontalmente todo aquello en lo que una vez pudo creer. Todo ello condicionado, obviamente, por esos nuevos modos de interacción y socialización en la Era de la Información, de Internet y las redes.

Casi una década después el impacto de El tiempo es un canalla puede haberse visto superado por varios productos culturales que, conscientemente o no, han seguido su senda. Es cierto, pero hoy día su lectura sigue siendo necesaria y apasionante, y aunque su prosa aún puede aparentar de entrada compleja y excesivamente apegada a sus propias tesis estilísticas, la realidad es que esta sigue siendo una (no)novela divertidísima, lúcida y apasionante. Un ejemplo del raro logro que representa convertir una obra radicalmente apegada a su tiempo en un clásico atemporal. El tiempo es un canalla, pero Egan se gana su favor.

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