No lo he podido comprobar de primera mano, pero podría llegar a pensar que, al alcanzar cierto momento de la vida, la memoria es lo único que nos queda. Lo que nos certifica como personas, lo que ratifica nuestro presente y nos ata hasta el punto de invalidar en adelante la posibilidad de un futuro no predecible. Pero claro, la memoria, o la Historia, no es rígida. Es falible, o manipulable, o interpretable al gusto. Y dicho proceso de construcción y posterior desestructuración es lo que articulaba Julian Barnes en El sentido de un final, libro bipartito que primero cimienta una juventud para, en su segunda mitad, descomponerla a partir del filtro de la madurez que otorga el tiempo.

Su protagonista, Tony Webster, es un joven exultante en unos años 60 académicos y de clase intelectual -presuntamente- privilegiada. Él y sus amigos de instituto y universidad comparten libros y discos, pierden la cabeza por acostarse con chicas y, en general, se creen el ombligo de la sociedad. Pero dos hechos marcan el futuro de Tony. Por un lado su relación sentimental, con principio y truculento fin, con Veronica. Por otro lado el suicidio de Adrian, uno de sus amigos y el hombre que salió con Veronica después de que ella cortara con Tony. A pesar de que Tony seguirá con su vida (la segunda parte de la novela transcurre en un momento de madurez en el que Tony es un señor divorciado y estoicamente solitario, o quizá dignamente misántropo) esos dos hechos terminarán permeando de nuevo en su cotidianidad para forzarlo a reexaminar sus recuerdos y replantearse su propia identidad. De nuevo, ¿el pasado es inamovible o viene determinado por cómo lo recordamos e interpretamos?

Poco más deberíamos decir sobre las cuestiones argumentales de El sentido de un final, novela tan breve como intenso era su contenido. Porque aquí Barnes se mostraba más lúcido, compacto y puntiagudo que nunca. Lograba hacer de su prosa evocativa una cuestión casi práctica, directa, increíble de tan mesurada. Pero rica, muy rica. Llena de detalles significativos, como si hubiera querido que cada palabra contara para algo, que cada frase sugiriera sentimientos y generara reacciones emocionales en el lector. Lo lograba, no dejaba nada a la casualidad y dominaba con ello el tempo, el tono y el enfoque, haciendo de su novela un texto dramático, de rotundo empaque emocional, pero también una lectura ágil y tocada por un ocasional aliento tragicómico.

Al final, el británico siempre se las ha manejado para ser el más listo y el más elegante de la clase. Lo interesante es que sus intentos -logros- nunca han sido fruto de la vanidad, porque al final ha importado tanto cómo cuenta las cosas cómo qué cosas cuenta. Y en el caso de El sentido de un final, hablar con semejante exquisitez sobre la memoria, la soledad, la vejez, el dolor, la pérdida y la maduración, le reportó al escritor sus merecidísimos parabienes, premios prestigiosos, críticas inmejorables y reconocimiento popular incluidos.

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