Fue uno de los nombres propios de 2018. Foco de todas las miradas, objeto de admiraciones y reproches en cantidades más o menos similares y uno de los personajes más mediáticos de la música facturada en este país. Pero detrás de la sobreexposición, de la pose más o menos calculada (entre la humildad sincera y el descaro estético y temperamental de las últimas tendencias urbanas) Rosalía guardaba El mal querer, un disco que resultó ser una obra maestra, insospechada continuación de algo que ya de por sí era grande y nos alegró un 2017 que desde Los ángeles cobró mayor carácter y magia.

Y para sorpresa de casi nadie (el primer single, “Malamente”, marcó su territorio ya meses antes) el cante jondo se mostraba menos explícito en El mal querer que en su predecesor. Algunos dirían que menos puro. Pero la motivación flamenca seguía siendo la misma, sólo que la catalana decidió abrir miras y trasladarse a otros terrenos (en 1979 ya lo hizo Camarón y le llovieron palos) para mantener intacta la emoción. Supo conectar con una escena musical que parece ser casi la única ahora mismo en el planeta mainstream, la del trap y la música urbana latina con base de operaciones colombiana, y para ello ejecutó un golpe maestro: dejar a Raül Refree -un imprescindible de la escena catalana- y fichar a El Guincho, que le brindó una caudalosa catarata de sonidos, texturas, ritmos y atmósferas.

El trabajo de Pablo Diaz-Reixa es esencial. Su producción sorprende a cada quiebro, a cada salto estilístico y se muestra rica e imaginativa, viva y vibrante. Parece que encuentra un lugar cómodo donde seguir trabajando la magia que ya exhibieron sus álbumes firmados a nombre propio. Pero todo ese sistema sonoro, todo ese proverbial guardarropía sónico no deja de ser un maravilloso envoltorio para su magnética intérprete, versátil y explosiva, intensa y capaz de mostrarse descarada, sinuosa y emocionante, a menudo dentro de una misma canción.

Todo en El mal querer, desde lo más global hasta lo más minúsculo, es valioso. Desde su planteamiento general (es una obra conceptual construida a partir de la novela gitana del siglo XIV Flamenca) hasta el último recoveco auditivo. Desde su concepción sonora general, donde conviven palmas y cante flamenco ortodoxo, hasta la misma transgresión de todo ello: la palma como beat y la voz filtrada por el autotune. La convivencia de lo tradicional con lo contemporáneo, lo original con lo reinterpretado. El viaje se abre con un hit planetario, el citado y exuberante “Malamente”, y se cierra de un modo casi opuesto, con la minimalista y empoderadora “A ningún hombre”. Por el camino visita pop de altos vuelos, flamenco-trap, r’n’b ibérico y cante puro, ritmos rotos, samples célebres, lamentos y osadías para trazar la historia trágica -el álbum es casi conceptual- de una mujer en una relación turbulenta.

Con El mal querer Rosalía comprendió que la música, la esencia y la imagen es un todo: tan importante fue el disco en sí como todas las entrevistas que concedió, los estilismos que marcó y el aparato audiovisual (brillantísimos videoclips incluídos) que edificó a su alrededor. Con él y con otro puñado de singles que le precedieron la intérprete ejerció de algo más que uno de los más contundentes símbolos de la música de la era millennial, se convirtió en el futuro de la música mainstream, o por lo menos de parte de ella. Le tocará revalidar su estatus con un complicadísimo tercer disco, sí. Pero sin duda lo logrará. La pregunta deberá centrarse en cuál será la magnitud del sismo creativo que va a generar.

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