En 2012 la francesa Arkane Studios daba la campanada en el mundo de los videojuegos de acción con un título que pillaba a casi todo el mundo desprevenido. Dishonored trascendía sus propias limitaciones conceptuales y se convertía en el juego de sigilo que apuntillaba la pasada generación. Una maravilla en casi todos los sentidos jugables y artísticos que ahora ha visto en su secuela la constatación de un cliché: Dishonored 2 es uno de esos casos que dan por buena la teoría de que, a veces -sólo a veces-, una continuación tiene que ser lo mismo que su precedente, solo que en mayor y mejor. Otra alternativa sería apelar al dicho de que si algo no está roto no tiene por qué ser arreglado. La primera entrega no sólo funcionaba muy bien de por si sino que además se convirtió en un pequeño clásico de culto. Esta sigue sustentándose en un aspecto visual magnífico (aquí pasamos de la oscura Dunwall a la más mediterránea Karnaca) y una historia, cuanto menos, trabajada y entretenida. Pero es que además las mecánicas se han perfeccionado y la libertad que se le ofrece al jugador ha aumentado exponencialmente.

Esto es así por un lado gracias a las distintas opciones de juego que puede desempeñar el usuario: encarnar a Corvo o a una ya adulta Emily. Trabajar pacientemente el sigilo para ser virtualmente invisible ante los enemigos u optar el modo Rambo. Ser un asesino letal o decantarse por, simplemente, dejar inconsciente a todo el mundo. Jugar con armas, con poderes o con ambas cosas. Decisiones que generan consecuencias directas, acciones que tienen impacto real. Por otro lado el repertorio de poderes se ha ampliado, y con él las estrategias posibles para acometer cada misión y para ser creativo a la hora de usar los recursos que se tienen al alcance, en una cantidad de combinaciones y posibilidades enorme. Finalmente, el diseño de niveles ha ganado en riqueza, complejidad e inventiva, con sus mejores momentos en algunas misiones que trastean con la percepción espacial y temporal y lo implementan a las propias mecánicas.

Se habla de juego del año. Pero no nos engañemos, esta afirmación se acota básicamente a un tipo de juego para una clase -predominante, sí- de jugador. Los ávidos de novedad, innovación y riesgo, como de costumbre, tendrán que buscar en el mundo indie sus dosis de satisfacción jugable. Sin embargo en un 2016 donde los triple A no han inventado pero sí han pulido hasta la perfección sus planteamientos (Uncharted 4, Dark Souls 3, DOOM, Titanfall 2, Gears of War 4) Dishonored 2 es capaz de hablarle de tú a tú a cualquiera de ellos.