Ya había ganas de leer El día de Julio, habida cuenta de que esto data de hace ya diez años, desde las épocas del segundo volumen de Love & Rockets, y que hace casi tres que Fantagraphics lo recopilaba en un único volumen. Afortunadamente hemos podido ir leyendo con regularidad nuevas y antiguas obras, si no de Gilbert de Xaime Hernandez, de modo que hemos podido aguantar el mono por leer este punto capital en la obra del autor de Palomar. Pero ahora ya lo tenemos aquí. Y no decepciona, claro. ¿Cuándo han decepcionado esta gente? Encuadrado dentro de sus más afortunados rasgos estilísticos El día de Julio es una nueva aproximación mágico-realista al sentir de una comunidad rural en Centroamérica. Un grupo de personajes que esta vez se arremolinan entorno a Julio, que nace con el siglo XX y del mismo modo muere con él. Un retrato de cien años de un pueblo que experimenta el impacto de las guerras, los cambios sociales y políticos y en general los hechos más relevantes del siglo que impactan, o simplemente resuenan, en el vivir de dicha comunidad. Cien años de generaciones que dan paso a nuevas generaciones explicados en cien páginas mediante elipsis y saltos temporales tan abismales como fluidos que están marcados por la alegría de vivir, pero especialmente por la muerte y la enfermedad. Por una especie de terror telúrico y violencia ancestral manchada especialmente por el barro y la lluvia. En El día de Julio hay mucho de ese costumbrismo marca de la casa, pero también de ese aliento fantasmagórico que termina torciendo las cosas o llevándolas hacia caminos casi sobrenaturales (véase por ejemplo esa truculenta enfermedad contraída a partir de la ingesta de un taco infestado de gusanos).

Beto sigue mostrándose aquí como un narrador excepcional que domina la planificación, el ritmo y maneja el detalle humano dentro de una historia que a priori abarca tanto como esta. Su dibujo, si bien nunca fue tan refinado y sofisticado como el de su hermano Xaime, se mantiene igual de expresivo y sabe combinar la mayor sencillez y calidez con los momentos de mayor desgarro o, directamente, violencia visual. Como sea, este nuevo capítulo en la cosmogonía herandiana puede encuadrarse perfectamente con lo leído hasta ahora, no sólo por temática y enfoque sino, obviamente, por calidad. Que es muchísima.