Hace pocas semanas reseñábamos por estos lares Los caballeros blancos, aquel drama de cooperantes con el que el belga Joachim Lafosse aprovechaba para disparar, y dar diana, al funcionamiento en ocasiones moralmente obtuso de las ONG en países desfavorecidos. Y ya por entonces advertíamos de que era aquella no su última película sino la penúltima. Después de nosotros le ha pisado los talones, pero no podría ser más distinta, en contexto, que aquella. Porque aunque comparte ciertos rasgos narrativos se sitúa en una localización mucho más íntima: el hogar privado de una familia que se encuentra al borde de la descomposición. La acción de Después de nosotros se sitúa en el momento justo en que una pareja con dos hijas han decidido separarse y luchan por formalizar el divorcio. Pero algo se interpone: los números. Ambos miembros de la pareja creen merecer un reparto equitativo de los bienes, pero cada uno tiene su propia idea de lo que ello significa. El realizador convierte así la ruptura en una amarga discusión económica donde el reparto del dinero y el tiempo con las niñas ha terminado cerrando la puerta a cualquier posible reconciliación.
Y el retrato de la crisis es terriblemente doloroso, porque lo milimétrico de las situaciones planteadas, de los análisis de sentimientos, de la descripción de las acciones y reacciones remite directamente a la realidad de cualquiera que haya podido vivir un tiempo prolongado en pareja. Lafosse se muestra como un narrador lúcido y terriblemente sobrio, tan austero que casi nunca yerra el disparo. De hecho esa austeridad se contagia directamente a la localización del drama: el campo de batalla queda reducido casi íntegramente al ámbito doméstico. La película nos encierra en esa (bonita) casa, nos impide salir de ella y nos hace partícipes -eso sí, sin rastro de pornografía sentimental- de una batalla campal que se lucha no con los puños, sino con las palabras envenenadas, las miradas derrotadas y los reproches cargados de infinito rencor. Todo un puñetazo al bajo vientre.