Me resisto a pensar que el estilo de Jenny Offill se ajusta a ese cliché de “es fruto de su momento”. Podría pensarse, ante la brutal fragmentación de su discurso, que alberga una historia más o menos convencional (la formación de una pareja, su relación, la educación de sus hijos y sus turbulencias internas) pero la presenta de forma aparentemente caótica. En breves párrafos que parecen responder más a una especie de picoteo temático, un záping postmoderno, un reflejo de la dispersión temática contemporánea que a una tesis sólidamente construida y vehiculada. Parecen. Porque la estrategia formal de Offill resulta completamente coherente con lo que pretende contar y, especialmente, transmitir: el terremoto sentimental personal ante las relaciones conyugales. Y lo que de entrada parece una historia más o menos convencional sobre una mujer que no renuncia a sus pequeñas rebeliones cotidianas (contra el establishment social) pronto se muestra como algo más complejo. La ironía fresca, la complicidad con un personaje que es un desastre con patas pero en el que no cuesta reconocerse… empieza a dejar entrar algo más oscuro y venenoso, una desazón, un resentimiento y una especie de melancolía estoica. Hay desencanto, desgaste de pareja, la amenaza de un reemplazo más joven. Lo irónico se encuentra con lo desesperado y con lo resignado. La prosa fresca, ágil, rica en cambios de tono y ritmo, al principio atropellada, da paso a algo más depurado y concienzudo pero más generador de una especie de extrañamiento. Una acumulación de pensamientos sueltos, de momentos cotidianos fugaces pero intensos, de referencias filosóficas, citas a Rilke y datos científicos que se entrometen constantemente en la narración. Y terminan dando forma a una novela breve de falsa ligereza, con una voz propia y en un mundo tan reconocible como particular, marcado por los billetes de veinte, las esposas de astronautas, la medicación y los pantalones de yoga.