Keanu tenía su qué, pero se quedaba un poco a medias. Llegaba después del cierre de Key & Peele, un final que nos dejó huérfanos, y la perspectiva del retorno de sus dos artífices, Jordan Peele y Keegan Michael Key, aunque fuera en otro formato, era promesa de buena metadona. Pero al final resultó que aquella comedia actioner chunga con gatito no terminaba de pisar el acelerador y, siendo estimable, no le llegaba a la suela de los zapatos al ya legendario show. La perspectiva de Déjame salir, aka Get Out, sin embargo, era abiertamente descolocante: Peele, ahora en solitario, se enrolaba en otro largometraje, esta vez en calidad de director y explorando un género distinto, el suspense. Podía salir mal, muy mal. Pero afortunadamente la cosa ha salido pero que muy bien. Es complicado hablar de Déjame salir sin desvelar el twist central de su trama, pero baste decir que la cosa va de un encuentro con los padres de ella: un afroamericano se dispone a pasar unos días con la familia -blanca- de su novia. Como un Adivina quién viene esta noche en clave de post-suspense. Pronto la situación se enrarecerá hasta que se quede patente que, como reza el cliché, las cosas no son como parecen. Así que no, no arruinaré la sorpresa, pero sí diré, para interesados en la figura de Peele y su enfermo sentido de la comedia, del horror doméstico y del mal rollo cotidiano, que el tema central de su película también solía ser vertebral a muchos de sus gags junto a su colega Key para la serie. Y como en aquella, aquí se hace una aproximación incómoda, alejada de tópicos y que es capaz de mirar a los ojos al espectador para ponerlo contra las cuerdas en el ring de sus propios prejuicios e ideas preconcebidas.

Las formas, en cualquier caso, son las de un modesto huis clos de horror sutil que va escalando hacia no se sabe muy bien qué (gracias en parte también, a un reparto estupendo). Peele construye momentos de tensión con pocos elementos, coloca personajes inquietantes, alejados de lo maniqueo, y pasa de la sugerencia a la caricatura con brutal comodidad. Tejiendo un discurso que uno nunca termina de saber si ubicar en los campos genéricos del terror o si en cambio se instala en las formas de una especie de comedia negrísima. La respuesta probablemente sea que nos encontramos ante un híbrido, una aproximación postmoderna cercana a esos títulos que están dando forma al suspense indie en las últimas temporadas. Ese que da preferencia al trabajo neuronal que a la respuesta visceral desbocada -o que trabaja lo primero para luego ofrecer de manera sólida lo segundo- y que logra construir a su alrededor una especie de pequeño culto generacional: no en vano Déjame salir brilla casi con la misma fuerza que It Follows, Green Room o No respires.