Si en el lenguaje de los videojuegos la muerte no es nunca el final sino un mero vehículo para el rinse and repeat, pocos utilizan el mecanismo de la resurrección constante como auténtica mecánica. Los juegos de Hidetaka Miyazaki lo abrazan y usan en su beneficio. Y los roguelites le dan una nueva dimensión: en este subgénero cada resurrección conlleva volver al terreno de juego, pero también hacerlo de forma distinta, transitando mazmorras generadas de manera aleatoria, nunca iguales a la anterior. Dead Cells se adhiere a esta lógica procedural y la pone en juego en un entorno metroidvania. Esto es, escenarios plataformeros donde prima la verticalidad, plagados de enemigos específicos a cada ambiente y exploración constante que lleva al jugador a dar con power-ups que le garantizarán de manera permanente poder acceder a nuevas zonas o poder blandir nuevas armas. Dejémonos de teoría y vayamos a las palabras altisonantes: Dead Cells es, ya lo era en su etapa de early access, un auténtico melocotonazo. Un juego pulido hasta el extremo que usa las mentadas mecánicas de forma brillante e impecable y balancea a la perfección un puñado de binomios clave: riesgo/recompensa, repetición/progreso, aprendizaje/sorpresa. De modo que aunque uno lo pierda todo en un run, para el siguiente ya tendrá un nuevo truco bajo la manga, una habilidad a punto de ser poder ser adquirida o la posibilidad de reencontrarse con un arma que logró desbloquear. Una combinación que no es nueva, pero que sí atrapa y genera adicción.

Lo que sí es un poco más sorprendente es el pulido con el que todas las piezas han sido puestas sobre el tablero: echando mano de una estética pixel art, tan socorrido en el ruedo indie, los de Motion Twin han parido el dungeon crawler más bonito posible, expresivo en sus animaciones, radiante en su paleta cromática. Una aventura en el filo de la muerte donde la comedia nunca se pierde de vista, que derrocha carisma y generosidad (el jugador se siente mimado, siempre colmado de pequeños y deliciosos regalos) y que despliega su lore interno con el punto justo de hermetismo. Alimento para cabeza y estómago con el sabor de una manufactura detallada y mimada que demuestra que no hace falta recurrir a trucos fáciles para garantizar una adicción pura. Directo al podio indie de 2018.