Para cualquiera que haya jugado a algún juego de la saga Souls esta reseña puede terminar en esta primera frase: Dark Souls III es más y mejor. Porque no hay que olvidar que estamos ante una tercera entrega (quinta si contamos Demon’s Souls y Bloodborne) de una saga muy única brotada de la mente de Hidetaka Miyazaki quien desde From Software ha logrado destacar del resto de desarrolladoras gracias a un sello muy propio. Es decir, que las sorpresas de Dark Souls III no provienen tanto de las novedades (que algunas hay) como de comprobar que, simplemente, se ha perfeccionado la fórmula hasta límites indecentes. De modo que todo se mantiene un poco igual en sus bases jugables: escenarios medievales de ambientes macabros plagados de criaturas hostiles para un desarrollo eminentemente rolero. Un gameplay de una dificultad diabólica que no te lleva de la mano, no te regala nada y básicamente te jode vivo hasta que no puedes más. Pero que también es respetuoso con el jugador disciplinado, a quien le pide planificación, inteligencia y una destreza basada en el puro y duro (especialmente duro) aprendizaje. Dark Souls III sigue pidiendo paciencia y cabeza, y sigue castigando el juego irreflexivo y precipitado en lo que podría ser algo así como una experiencia jugable pura y de una madurez extraordinaria.

De nuevo se premia la exploración que, al fin y al cabo, es donde Dark Souls III tiene lo mejor que ofrecer: si hasta ahora los mundos planteados por la saga eran grandes mapas inteligentemente diseñados en sus interconexiones, donde todas las zonas se iban encontrando unas con otras (y qué euforia se producía cuando abríamos un atajo), ahora la gesta es directamente monumental. El diseño de niveles es de una complejidad abrumadora y la ambientación y la dirección artística en general cortan el aliento. Las zonas combinan colosalismo con cuidado del detalle y la sensación de atmósfera macabra es constante, a pesar de ser un juego a ratos mucho más iluminado que sus predecesores. Por su lado la historia de fondo vuelve a mostrarse esquiva, pero aquí los anzuelos lanzados son mayores, y los personajes no jugables tienen mayor peso y generan más misiones secundarias. El lore vuelve a estar impregnado de esa poderosa épica de metal y fuego, de dragones y señores de la guerra que tantas alergias nos podrían producir como concepto pero que tan bien le sientan a la saga.

De algún modo, no obstante, Dark Souls III se vive como un juego completamente nuevo. Sabemos qué es, dónde estamos y a dónde vamos, pero nunca sentimos estar repitiendo nada, a pesar de que algunas zonas directamente remitan a lugares concretos de los juegos precedentes. Y es así porque el equipo de From Software parece haber desechado todos los pequeños fallos e imperfecciones del pasado para tallar una piedra jugable perfecta que además hereda de Bloodborne unos sets de movimientos y un sistema de combate mucho más ágil y trepidante. De este también arrastra el diseño espectacular de algunos bosses finales (se había perdido cierta audacia en Dark Souls II) que, no nos engañemos, son el auténtico corazón del asunto. Y, por supuesto, una potencia técnica envidiable, empañada sólo por algunas caídas en la tasa de frames, por lo menos en su versión para PS4.

Y es que con Bloodborne Dark Souls III constituye una pareja de oro que confirma el poderío de una From Software que no sólo ha sabido adaptarse a la nueva generación sin aparentemente hacer demasiadas piruetas sino que además ha facturado dos de sus primeros clásicos. Segundo candidato firme a GOTY en lo que llevamos de 2016, por supuesto.