Believe the hype. Muchos temíamos que tras tres años de espera, de promesas y de videos alucinantes mostrados, pero nunca demasiado concretados, el caso Cuphead iba a quedar en un bluff. Porque sí, había mucha apariencia, pero nadie aseguraba un buen gameplay. Todo era tan (TAN) bonito como potencialmente hueco. Y ahora que ya lo tenemos aquí confirmamos: Cuphead no reinventa la rueda pero está a la altura de su (corta) leyenda. Entra tan bien por los dedos como lo hacía por los ojos y los oídos. Pero, cuidado, no es el caramelo complaciente que podríamos pensar.

Empiezo por lo evidente. La obra de Studio MDHR es una auténtica delicia audiovisual. Un juego que clona los modos expresivos y técnicos, la imaginería, diseño de personajes, colorimetría e incluso imperfecciones del celuloide y del sonido de fonógrafo de los cartoons de los años 30. Un homenaje grindhouse a aquellos cortos añejos que Walt Disney empaquetaba en forma de Silly Symphonies en la misma época en que afloraban las primeras Merrie Melodies y los más relevantes trabajos paridos por los estudios Fleischer. Un delirio de personajes de ojos enormes -el protagonista, nuestro Cuphead, es un sosias del Mickey Mouse de la época 1935—1940-, música swing loca y elementos naturales antropomórficos. Todo bajo esa turbia fijación por los menesteres del infierno y los contratos luciferinos que a menudo subyacían en los mensajes morales.

Pero no queda ahí la cosa. En una pirueta postmoderna Cuphead es un juego con una filia muy ochentera, una nueva aproximación a lo que cimentaron Super Mario Bros., Mega Man o Contra. No es sólo que su gameplay combine mecánicas de plataformas, run & gun y shoot ‘em up. Es que su dificultad es elevadísima, a ratos casi inhumana: la narrativa está marcada por los constantes enfrentamientos contra unos bosses de una mala leche cotizando al alza en el darksoulsímetro. La frustración espera agazapada para saltar tras decenas de intentos, pero el diseño garantiza una progresión basada en el aprendizaje, de modo que el jugador siempre está un paso más cerca de derrotar al boss en cuestión y ahí se genera la adicción.

Por eso comentaba al principio que Cuphead está lejos de ser un producto fácil. Sus formas son engañosas, falsamente amigable. Debajo de tan brillante carcasa se esconde una prueba de fuerza endiablada, pero también intoxicante y perfecta.