Parece un tanto innecesario hablar a estas alturas de la carrera de Carlos Giménez, consagrado ya el autor de Paracuellos como una de las figuras capitales del tebeo moderno en Europa. Su historial incluye obras como la citada y otro puñado de historias de tremenda importancia sociocultural e innegable calado emocional. Impagables retratos históricos y agudos análisis de la España que va desde la posguerra hasta nuestros días. Miradas a la profesión de historietista y retazos autobiográficos. Barrio, Rambla arriba, Rambla abajo, Los profesionales, 36-39. Malos tiempos, amén de sus relatos de género y sus adaptaciones de obras literarias, forman parte de una carrera donde el rigor se funde con la memoria personal, donde el costumbrismo se entreteje con el dramatismo más descarnado, donde lo emocional toma especial protagonismo, pero nunca llega a nublar lo analítico. Pero hay más. A sus 75 Carlos Giménez sigue activo y, a la luz de Crisálida, se diría que más suelto y más dolorosamente emotivo que nunca. Muy centrado, como en su inmediatamente anterior Pepe, en las vicisitudes de la vida del dibujante. Más concretamente la de Raúl, personaje semiautobiográfico que parece personificar algunas de las consideraciones personales del propio autor. Quien a su vez también se ve reflejado en el otro personaje que protagoniza el binomio de Crisálida, ese tío Pablo que ya había aparecido antes en la obra de Giménez. Dos sosias, por tanto, que dialogan para expresar los claroscuros de la entrada en la última etapa de la vida. O como lo denomina Raúl, “la crisálida”. Según él la crisálida es aquello que empezamos a construir a nuestro alrededor cuando “empezamos a morir”. Como un féretro imaginario que comienza a existir en el momento en que decidimos que es hora de clavar el primer clavo.

Porque para Pablo uno no se muere de pronto: el momento en el que el cuerpo se apaga es sólo la culminación de un proceso irreversible que se inicia cuando sentimos que nuestra vida ya no da más de si. Una visión funesta, supongo. Pero al mismo tiempo lúcida y, en cierto modo, resignada. Una resignación, eso sí, que pasa por la autoconsciencia y la dignidad: Raúl repasa las hostias que le ha dado la vida pero se resiste a convertirse en un ser pisoteado. Hace gala de una férrea (e irresistiblemente carismática) filosofía vital, a medio camino de la sabiduría y el cuñadismo menos bocachancla. Y lleva sus convicciones hasta el final, mientras emite lúcidos juicios de valor entorno a la sociedad actual, a los caminos de dudosa moralidad que esta está tomando y a las putadas de las que somos víctimas los que la habitamos. Una visión amarga pero nunca tremendista, expresada con extraordinaria fluidez narrativa (la articulación del punto de vista Giménez-Pablo-Raúl funciona como una suerte de set de muñecas rusas) y por supuesto gráfica, que tienen su punto más álgido en un tremendo clímax final capaz de dejarle a uno muy, muy tocado. Enorme tebeo, sabias palabras.