Como casi todas las cosas de verdad en esta vida, la historia de Comunidad está regida por el azar. En sus primeras páginas un personaje acude a una fiesta a la que no fue invitado y de la que se enteró casi sin querer, y ahí un beso furtivo provocado por la casualidad prende la mecha: los protagonistas del encuentro se enamoran, dejan a sus respectivas parejas (e hijos) y dos familias se desestructuran… para reestructurarse en nuevos núcleos familiares, en una especie de sistema de teoría del caos: pequeños hechos generan grandes terremotos humanos. A partir de semejantes preceptos teje Patchett su (celebrada) red sentimental y cuenta la historia de dos generaciones que, a lo largo de cinco décadas, se ven obligadas a resituarse en el mundo y en la institución familiar. Familias se deshacen, se rehacen y se vuelven a deshilachar. Entra en juego la rutina, el hastío, las nuevas conquistas. Llega la edad adulta (a veces antes de tiempo), y el sexo, y el amor de verdad. Y las rencillas y el cariño. Y en cierto punto del relato Patchett pone en marcha, además, un juguetón juego de espejos que se adentra hacia el corazón de la novela y también salta hacia afuera, hacia la experiencia de la propia autora. Una pirueta estilística en un libro que ya de por si conjuga a la perfección claridad expositiva (y enganche lector) con sofisticación estructural: la narración salta constantemente en el tiempo a lo largo de estos cincuenta años para ir perfilando con detalle todos los recovecos sentimentales de los personajes y de sus situaciones. Personajes, por otro lado muy cuidados, creíbles y complejos. Especialmente interesantes los femeninos: fuertes y frágiles, abnegadas e independientes, secundarias que de pronto quieren colocarse en la primera línea de sus propias vidas. Que quieren reclamar unas vivencias que, en el fondo, les pertenecen. Impecable (e implacable) texto, un profundo novelón.