No sé si medio en serio medio en broma estuvo usando Nacho Vigalondo la figura de Godzilla para llamar la atención sobre su Colossal cuando trataba de vender el proyecto a quien pudiera comprárselo. Y claro, en un mundo donde el sentido del humor a menudo es una cualidad más bien rara el cántabro se comió una demanda por parte de Tōhō, propietaria de los derechos del bicho. La cosa no fue a más, y viendo ahora el resultado la anécdota se antoja más bien bizarra. De kaijū eiga (esto es, monster movie a la japomesa) Colossal sólo tiene las formas. Y casi ni eso. Porque en realidad es otra cosa bien distinta. Es una aproximación vigalondiana al género. Y el director de Extraterrestre, recordemos, siempre ha entendido la ciencia ficción como un vehículo para transmitir emociones, contar sentimientos, especialmente para describir relaciones humanas, deseos, frustraciones y cagadas. Y aquí se luce. Porque esto es una gran alegoría de los desastres que provoca el amor. De los daños colaterales que se producen en nuestro entorno social cuando vamos perdidos por el mundo, cuando no hemos logrado encajar en lo que se nos pide o cuando, simplemente, hacemos lo mejor que sabemos hacer: ser seres humanos. Falibles y desastrosos. Que es lo que es la protagonista –Anne Hathaway excelente como trainwreck humano-, una tipa a la que su novio echa de casa y que descubre que su lamentable estado emocional se ha materializado en un gargantuesco monstruo que, aparentemente, está asolando Seúl. Aparentemente, porque en una especie de conexión mental, el monstruo se limita a hacer los mismos movimientos que la joven, suerte de médium transoceánica.

Sobre el papel puede sonar extraño. Pero a la práctica todo funciona a las mil maravillas. De manera estrambótica e impredecible pero también milimétrica gracias, principalmente, a un guión brillante. Una propuesta que se sitúa a medio camino de la comedia romántica, el drama sobre la identidad, el thriller psicológico (cuando quiere se pone muy oscura) y la parodia del cine de catástrofes, o más bien una recolocación del género en el lugar en el que nació: el de la metáfora. Un ejercicio de sorpresa permanente con las formas de un indie de manual que se atreve a abordar de refilón pero con enorme lucidez temas como el momento de la maduración, el remordimiento, la venganza, el maltrato o el impacto de los nuevos medios de comunicación. Y que confirma que definitivamente el cine de Vigalondo no es ya sólo divertido y estimulante. Es también relevante.