La de la periodista Christine Chubbuck fue una de las tragedias más sonadas de los directos televisivos de los años 70. Un suceso -que me guardaré de revelar, por si alguien no lo conoce- que dio pie al morbo y a años posteriores de especulaciones escabrosas. Antonio campos, director de la interesante Afterschool, toma la figura de Chubbuk y cuenta su historia intentado trascender, precisamente, todo eso. Tratando de ignorar toda la parte de crónica negra en la que quedó convertida el caso. Todo lo contrario, la mirada de Campos es limpia y cercana al personaje. Expone su vida de manera sutil, sin amaneramientos y sin, desde luego, caer en las formalidades más apolilladas del biopic. Porque lo suyo no es tanto una biografía como una historia íntima, la de una mujer que se quería hacer oír en un mundo dominado por los hombres, el de los informativos televisivos. Que sólo pedía su parte de presencia y que sólo esperaba que se la tuviera tan en cuenta como a sus homólogos masculinos, ellos sí, portadores de opiniones y generadores de interés. Con ello, Christine hace un retrato de una época y un ambiente muy concretos, pero se convierte en reflejo de todo un devenir, el de la mujer profesional en la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI. Una reivindicación feminista que se agazapa bajo la falsa apariencia de retrato pintoresco (Rebecca Hall está estelar como una Christine siempre al borde del breakdown), de una dramedia indie al uso, que guarda cargas de subversión que van detonando casi sin que el espectador se dé cuenta, y que llevan el relato hacia terrenos bastante inquietantes. Al fin y al cabo esta no es exactamente la historia de una mártir, ni de una heroína, sino de cómo ciertas dinámicas sociales sólo pueden conducir hasta el puro caos.