Chernóbil es, hoy día, un símbolo popular, casi una historia a medio camino del cuento de terror y la crónica del suceso terrible. Su aura misteriosa, su abandono irremediable y su recuerdo fantasmal se sitúan en el terreno de lo mítico. Pero desde luego la tragedia -la explosión del núcleo de uno de los reactores- ocurrió, convirtió la hoy desierta ciudad de Pripiat en el epicentro del discurso antinuclear y marcó la actualidad en 1986 de una Europa que fijaba su mirada en una Unión Soviética que daba sus últimos coletazos. Sí, más de tres décadas después el desastre permanece en el inconsciente colectivo y, tras no pocas aproximaciones al suceso desde distintas disciplinas artísticas, HBO y Sky Atlantic ofrecen con Chernobyl un relato seriado en forma de miniserie de cinco episodios bajo la batuta del guionista Craig Mazin y el director Johan Renck. Y si bien ninguno de los dos aportan un especial riesgo al producto sí logran una narración sólida, poderosa y dramáticamente inflamada.

La de (por lo menos en el piloto) la noche del suceso y las primeras horas tras el mismo, transmutado aquí en una suerte de disaster movie de cámara, en un vistazo crítico a la Historia y en un drama de personajes. En esta primera hora del relato se pone en marcha el engranaje técnico, el thriller político y el factor humano. Se muestra el suceso de manera asfixiante y oscura pero sin ceder al espectáculo facilón. Se ponen en juego una serie de personajes históricamente relevantes (los implicados directos e indirectos en el suceso) y varios héroes anónimos (los cuerpos de asistencia) y se los hace orbitar entorno a una trama que tiene tanto de tremenda como de comprometedora: las fuerzas políticas se presentan aquí como un ente obsesionado con minimizar el problema, con purgar responsabilidades, sacrificar a los peones por un bien mayor (la patria) y, en general, preservar una hipotética grandeza cada vez más sustentada en tiempos pretéritos.

Todo ello contenido en un producto eficaz, formalmente riguroso, relativamente austero (por el momento sólo Jared Harris y Stellan Skarsgård ejercen de rostros reconocibles), muy centrado en los detalles y con pocos patinazos, más allá de la dudosa elección de casting, basada en una plantilla eminentemente británica. Un buen comienzo para una serie que, tiene pinta, va a resultar de las más desasosegantes y escarpadas de la temporada.