En pleno siglo XXI Jaime Hernandez, Xaime, sigue construyendo, incansable, uno de los más impresionantes y ricos corpus creativos de la Historia del cómic. Que sus Locas trascendieron las páginas de Love and Rockets, que se prolongaron en el tiempo y fueron ganando peso, adquiriendo matices, nuevas capas y puntos de vista a toneladas, eso ya lo sabíamos. Pero poco podíamos sospechar hace unos años que, aún en 2014 esto iba a seguir sumando algunos de sus mejores episodios. Muchos hemos crecido como lectores con Maggie Chascarrillo, Hopey Glass y compañía. Las hemos visto evolucionar delante nuestro, pulverizar la idea del estatismo madurativo de los personajes de ficción, alcanzar nuevos estadios vitales que les han ido llegando con la edad, con el cambio de paradigmas personales. Y Chapuzas de amor resultó ser una entrega tan esencial como cualquiera de sus historias de la primera época o como algunas de sus novelas gráficas más inspiradas, caso de La educación de Hopey Glass.

En Chapuzas de amor es Maggie quien acapara el foco de atención. Una Maggie ya lejos de los años de juventud pero aún en busca de su lugar, luchando por saber qué quiere de la vida, de los hombres y de las mujeres. Necesitada de libertad pero también a medias en sus relaciones con Ray Domínguez, con Reno y con esa Hopita cuya presencia sobrevuela todo el libro y que sólo aparece en un final profundo y de una calma tremendamente emotiva. Maggie se pelea con su propia madurez, anhela su juventud pero aprecia su propia experiencia vital, aun sintiéndose en ocasiones perdida. Y Xaime refleja todo esto a través de una narrativa que salta del momento actual a los tiempos en el barrio de Hoppers, ese lugar cuasimítico en la frontera social entre lo estadounidense y lo latino. Esos años de infancia que forjaron el carácter de la protagonista, pero también de su hermano Calvin, hoy un bala perdida de quien necesitábamos backstory para conocer la magnitud de la tragedia en que se convirtió su vida.

Así es un poco Chapuzas de amor. Una aparente comedia ligera costumbrista, tan perfecta en su estilo gráfico austero pero expresivo, que en el fondo encierra verdad y dolor. Que desarrolla con milimétrica precisión personajes complejos (el autor también centra ocasionalmente el punto de vista en varios secundarios) y microhistorias, presentes y pasadas, que suman hechos, tragedias, vivencias y traumas al gran tapiz global, impresionante, que Hernandez -y a su manera también su hermano Beto– está construyendo a modo de majestuoso mural narrativo. Un tebeo que alegra, que duele, emociona y divierte, a menudo de manera consecutiva y, en sus mejores momentos, simultáneamente.

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