La llegada de Kendrick Lamar al panorama hip hop nos recordó que los tiempos de lo gangsta rudo, de la chulería por bandera y las pistolas por abogado no tienen por qué ser norma. Que otras sensibilidades en la música urbana afroamericana siguen siendo posibles. Frank Ocean puso de su parte en este sentido, sólo que escorando hacia un terreno más puramente R’n’B. Y si Nostalgia, Ultra, ya se autosignificó como un debut sólido y sorprendente, fue el retorno deseado, Channel Orange, el que cimentó una leyenda que acarreaba menos de 25 años a sus espaldas: soul, rap y hasta gospel radiantes conformando un discurso que estallaba con la fuerza de siete centrales térmicas, enfocado todo hacia una suerte de iluminación elegíaca de las que se dan una o dos veces por generación.

Esta en concreto estaba surcada por melodías inolvidables (y anti-melodías cuasiatmosféricas), por arreglos luminosos y momentos de minimalismo instrumental entre los que se abre camino esa voz que va del terciopelo oscuro al directo falsete, del fraseo hip hop al arrastre apasionado del soul: Channel Orange nos presentaba a un Ocean que es puro carisma, elegancia, chisporroteo, descaro, sensualidad y sinceridad. Todo a la vez y en su justísima medida. Un ser vulnerable y sensible que se expresaba a través de su música y palabras con una honestidad desarmante: amor y desengaño, respeto e intolerancia, cuestiones de fe y de calle convivían en un repertorio lírico confesional, descarnado (no necesariamente truculento), directo y presumiblemente autobiográfico. Colección impecable.

En medio de todo el caudal expresivo, sin embargo, se erigía un armatoste inquebrantable, monumento egipcio de peso incalculable llamado “Pyramids“. Esa epopeya de casi diez minutos de duración que encontraba una vía expresiva capaz de unir el imperio de Cleopatra con la (mala) vida en la calle y el stripclub, odisea también en lo musical cuya escucha nos conducía del subidón eterno hacia el choque con la realidad: ningún subidón es de verdad eterno, todos vienen seguidos por una caída emocional. Ejercicio de entrega emotiva que encontraba otro punto álgido en la confesional “Bad Religion”, auténticas dos puntas de lanza de un disco falto de nada y sobrado de absolutamente todo: aún hoy Channel Orange sigue regalando sensaciones, generosamente, a cada escucha. Maestro.

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