No le ha sentado nada mal a Don DeLillo su lustro de vacaciones. Especialmente teniendo en cuenta el dudoso éxito (creativo) de sus últimas novelas. Cero K llega para dar carpetazo -y esperamos que insuflar nuevo oxígeno- a una molesta tendencia de caída, un viaje hacia la irrelevancia del que el neoyorkino parecía no saberse librar. Y es que afortunadamente el autor de Ruido de fondo parece haber vuelto tan agudo y tan lúcido como en sus mejores épocas, empeñado en recordar por qué hubo un momento en que se le consideró uno de los mayores exponentes en la renovación de las letras estadounidenses de finales del siglo XX. ¿La estrategia? Foco. Una concentración absoluta, un trabajo de depuración riguroso y centrado. O esa es la sensación que se tiene al leer Cero K. La de estar ante un texto que parte de unas ideas más o menos conocidas, acotables, para desarrollarlas con una profundidad asombrosa. DeLillo parte de una excusa argumental propia de Philip K. Dick: la existencia de una empresa que procura, a quien pueda pagársela, la promesa de la vida eterna, por la vía de la criogenia. Es decir, la congelación del cuerpo que queda suspendido a la espera de una próxima resurrección. Casi un cliché de la ciencia-ficción que sin embargo con DeLillo deriva en un drama familiar (entre el principal promotor de esta prolongación artificial de la vida y su hijo, que se enfrenta a la perspectiva de la criogenización de su madrastra) y al mismo tiempo en un ejercicio de reflexión profunda entorno al mayor tabú de nuestra sociedad actual: la muerte. El miedo a la desaparición, al fin de todas las cosas, a nuestra propia expiración. Un punto de partida desde donde ofrecer jugosas reflexiones de tipo psicológico, social y filosófico para una sociedad (presuntamente distópica, pero plenamente reconocible en sus tics y tendencias) que no ha logrado conciliar lo antiguo con lo nuevo. Lo arcaico con lo moderno, lo espiritual con lo tecnológico. O que ha unido ambas en un nuevo enfoque torcido, probablemente interesado, de la religión, la divinidad y el Paraíso terrenal.
Cero K es aparentemente aséptica, concisa, directa, de una prosa más cómoda que nunca, pero ofrece en todo momento la posibilidad de decodificar capas y capas de significados semiocultos. Y lo cierto es que pronto se revela como un relato emotivo, cálido desde su humanismo en ese acercamiento a las relaciones paternofiliales y los conflictos familiares. Compleja pero accesible esta puede ser, fácilmente, la mejor novela de DeLillo desde Submundo. Novela no, novelón.